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El ministro del Poder Popular, Vladimir Padrino; el ministro del Interior, Diosdado Cabello; la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y el presidente de la Asamblea, Jorge Rodríguez, este lunes.EFE

Venezuela: legitimidad y futuro

ANÁLISIS. La discusión sobre la “legalidad” de lo sucedido contra una dictadura que jamás respetó ningún derecho

Capturaron a Nicolás Maduro de la única manera posible, con una intervención militar externa. El sanguinario dictador, cabeza desde el 2013 del sanguinario régimen chavista, tenía tiempo ya apertrechado junto a la burguesía burocrática y militar que se formó desde Hugo Chávez.

Es irrelevante la discusión sobre la “legalidad” de lo sucedido en contra de una dictadura que jamás ha respetado ningún derecho fundamental (Venezuela ocupa el último lugar en el mundo en el índice de estado de derecho, según WJP). Sí importa la legitimidad de las acciones. Legitimidad en el sentido de lo justo. Ni Maduro ni su gobierno eran legítimos.

No sólo porque se robaron las elecciones, sino sobre todo porque durante 26 años el pueblo, las instituciones y la democracia se convirtieron en meros instrumentos de beneficio personal.

Durante el chavismo emigró el equivalente a toda la población de Paraguay y Uruguay sumada. Esa gente, que prefirió abandonar todo lo que tenía, sí tiene calidad moral para discernir sobre la legitimidad de la intervención contra Maduro. 

Al igual que lo tienen los familiares de los más de 20.000 ejecutados extrajudicialmente, o los civiles aterrorizados por los “colectivos”, o los miles de presos políticos, o el 70% de la población que se encuentra en la extrema pobreza.

El chavismo destrozó al país con las mayores reservas petroleras del mundo. ¿Cómo? De forma gradual, con la complicidad del silencio. Es el más claro ejemplo de que la democracia no existe por sí sola, sino que se sostiene en el día a día en un equilibrio de fuerzas entre el estado y la sociedad.

Futuro prometedor, pero incierto

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Desde el cierre de medios hasta la compra de conciencias de opinadores internacionales, el gobierno chavista consiguió ocultar sus crímenes. Ese mutismo ha sido un arma más imponente que los fusiles y tanques de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

El futuro de Venezuela es prometedor pero incierto. Cuentan con los recursos para salir adelante, pero primero deberán luchar contra las mafias enquistadas y el virus mental del socialismo, que corrompe el espíritu y aniquila los sueños. Venezuela necesitará un esfuerzo profundo de reconversión para dar paso a la libertad y a la decencia; no tendrán éxito sin un cambio cultural que recupere los valores como cimiento del ejercicio político.

Ese futuro también afectará a nuestro país, pues los tentáculos chavistas aún operan aquí, algunos en las sombras y otros que con abierto cinismo los defienden. Ecuador no está a salvo, ni de las políticas que hundieron a Venezuela ni tampoco de los excesos que terminaron con su democracia; por el contrario, seguimos expuestos bajo un sistema construido a su imagen y semejanza, concentrador, sin real equilibrio de poderes ni independencia judicial. 

Ecuador necesita también avanzar en esa transformación, no sólo para tener instituciones saneadas y fuertes, sino sobre todo para tener ciudadanos honestos y empoderados, capaces de sostener un rumbo que nos saque del subdesarrollo.

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