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El ‘Pequeño Nicolás’ venezolano

Luis Alberto Ramírez finge ser cónsul y espía. La policía lo busca, acusado de extorsionar a sus compatriotas en Madrid

Venezuela
Ramírez saluda a la expresidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, en una imagen sin fechar.EL PAÍS

El cónsul de Venezuela solía pasear a su perro a primera hora de la mañana por las calles todavía desiertas de Malasaña. Vestía chaqueta negra de corte largo, zapatos de cuero, camisa planchada en la tintorería, un cinturón con una hebilla dorada. Al regresar al edificio aguardaba en la entrada unos segundos, sin tocar el timbre. Esperaba hasta que el portero abandonara la garita y empujara por él el pesado portón de acceso.

Durante los últimos cuatro años, el señor que se presentaba a todo el mundo como cónsul ha vivido en este céntrico barrio de Madrid, cerca del poder y la toma de decisiones de la nación. En este tiempo alquiló tres apartamentos y dos locales comerciales a caseros satisfechos por firmar un contrato de arrendamiento con el representante de un Gobierno. Sus modales exquisitos agradaban de primeras. Era cortés y respetuoso, con un dejo aristocrático. Aunque a veces, también se mostraba distante.

Luis Alberto Ramírez, conocido por sus allegados como Beto, un venezolano de 37 años, aprovechó esa supuesta posición para hacer negocios e introducirse en círculos de influencia. Como empresario, prometía a sus compatriotas recién llegados a España agilizar los papeles, usando también su condición de abogado, colegiado en Madrid, experto en inmigración. Los inmigrantes se sentían bendecidos por toparse nada más llegar con un personaje tan bien conectado. En esas charlas, a la mínima ocasión, presumía de sus contactos en el Sebin, el servicio secreto venezolano, y en PDVSA, la petrolera estatal.

En los juzgados de Plaza de Castilla hay abiertas dos causas contra él, según fuentes judiciales. Cualquier condena podría conducirle a la cárcel.

El pecado original de Beto es que todo se basa en una farsa, una gran mentira. Ni es cónsul ni abogado ni tiene tratos con espías ni con grandes empresarios. La historia de su vida es un cúmulo de invenciones. “No tenemos ni idea de quién es”, dice una portavoz de la embajada venezolana. La policía le busca desde marzo por un delito de usurpación de identidad y estafa.

El estilista Julio Matamoros regenta una peluquería en el interior de un gimnasio de lujo. Un buen día recibió un fax de Beto, con el siguiente encabezado: “Ante todo extenderle mi más cordial saludo socialista, revolucionario, amistoso y conciliador”. Le acusaba de usar en el logotipo de su peluquería una corona de laurel que había plagiado a una empresa suya. Le exigía 22.000 euros en el menor tiempo posible. “Trató de extorsionarme a mí y a medio Madrid”.

El diplomático, acostumbrado a manejar las sutilezas del lenguaje, se transformaba de repente en un tipo violento. Enviaba a sus víctimas el número de calle en el que vivían, cómo se llamaban sus padres, cuáles eran sus rutinas. Fabricaba papeles del Sebin con información falsa para cincelar la mentira de que era un espía con acceso a documentos secretos. Hasta amenazaba con enviar a un par de sicarios: “[teléfono de la víctima] este es el número, rastréalo con el F59 y dame ubicación exacta para enviar al ruso y al gitano”.

De reportero a impostor

Beto era reportero en una radio venezolana cuando fue contratado por la fundación Acción Social de la Alcaldía de Caracas, dirigida por Mitzy Capriles, la esposa de Antonio Ledezma.

Después de su paso por la Alcaldía de Caracas, Beto fue representante de artistas en Venezuela. En 2005, con solo 22 años, comenzó a gestionar la carrera de una cantante, Mayré Martínez, ganadora de la primera temporada del reality show ‘Latin American Idol’.

Aunque la realidad es que los principales perjudicados de sus andanzas son los venezolanos afincados en Madrid. Nueve meses después de que iniciara la investigación por sus fraudes, la policía no ha logrado dar con su paradero. Beto es un fantasma que continúa la alocada huida hacia adelante.

Nueve meses después de que iniciara la investigación por sus fraudes, la policía no ha logrado dar con su paradero. Beto es un fantasma que continúa la alocada huida hacia adelante.