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Las moscas

Nuestro lenguaje se acomoda a las nuevas costumbres, aunque algunos no estemos conformes con ello. Norman Mailer, prestigioso periodista estadounidense, se negó a colaborar con la revista New Yorker porque no le habrían permitido utilizar la palabra “mierda” en sus escritos. No faltó tampoco quien sostenga que los escalones que conducen al poder están llenos de aquella. Esa palabreja aparece en la portada de la obra “Faltan moscas para tanta mierda”, del español Joaquín Campos. Hundirse en ella resulta ser una condición tomada de la mano con los nuevos tiempos.
Según revolucionarios de este siglo, el mundo capitalista está inmerso en esa cloaca por culpa del neoliberalismo, del imperialismo, de la partidocracia u otro pretexto. Se proclamaron redentores mesiánicos y lograron arribar al poder. Crearon en 1990 el denominado Foro de Sao Paulo, integrado por la Cuba de Fidel, el Brasil de Lula, la Argentina de los Kirchner, la Venezuela de Chávez (y hoy del energúmeno Maduro), la Bolivia de Evo, la Nicaragua sandinista, etc.
Otro de sus fundadores, ¡asómbrese!, fueron las FARC, organización terrorista que se financiaba del narcotráfico, según el mundo democrático occidental, pero a la que algunos socialistas del siglo XXI, beneficiarios de esos fondos para sus campañas electorales, conceptuaban como guerrillera y revolucionaria. Su objetivo fue, desde un comienzo, el triunfo del comunismo. Remozaron su retórica revolucionaria y forjaron el espejismo de un nuevo socialismo. Hoy cuenta el Foro con Unasur como acomodaticio apéndice. La triste experiencia de estos gobiernos marcó el mismo común denominador que ofrecieron la Unión Soviética y la Europa oriental comunista: la corrupción, aquella que Andrés Páez denuncia haberse “extendido por doquier” en nuestro país. Una corrupción que obligaría a sus gobernantes a hacer cuanto esté a su alcance para mantenerse en el poder, ocultar sus presumibles fechorías y asegurar su integridad personal. Los marginados (de quienes se atribuyen su representación) serían olvidados y estos tardarían en darse cuenta del abandono. Las lacras son las mismas y se reproducen en todos cuantos han intentado la aventura revolucionaria.
En nuestro país, los casos que se tramitaron con marcada reticencia, son muestras de un apagón moral que avanza. Y surgen interrogantes cuando el presidente despotrica del fideicomiso reclamado por la ciudadanía para asegurar la transparencia en el manejo de la reconstrucción. Lo tilda de privatizaciones propias del corrupto neoliberalismo, silenciando que la legislación correísta los admite y que tan solo Petroecuador es suscriptor de multimillonarios fideicomisos con empresas privadas extranjeras.
Brotan interrogantes cuando el hermano de Correa opina que la base militar estadounidense de Manta debe restituirse. Su cierre, supuestamente emblemático de nuestra soberana nacionalidad, ha permitido un escalofriante y no explicado aumento del narcotráfico. Ni entendemos por qué el Gobierno alimenta la sospecha popular de que los fondos de la reconstrucción irán en buena parte al salvataje de un Fisco maltrecho. ¿Será entonces verdad que nos hallamos dentro de un barril de estiércol? Si el futuro inmediato nos depara la satisfacción de librarnos de este régimen, se podrá desnudar la impunidad denunciada, saldrán a la luz los multimillonarios endeudamientos que nos pondrían de rodillas hasta la próxima década ante nuestros acreedores, incurriendo en la ilegitimidad imputada vehementemente a deudas de anteriores gobiernos. Sabremos, en fin, si la Asamblea Nacional o nuestra Función Judicial (con el escurridizo fiscal general incluido), resultan ser parte de las moscas nutriéndose de la corrupción, aunque serían en verdad pocas moscas.
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