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“Soy el mejor fichaje de Dios”

Isabel Armijos es una monja que, además de llevar el hábito, le hace al fútbol, al TikTok y cuenta cómo decidió ir por el camino de Dios

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Después de clases, la religiosa arma el partido en la cancha del colegio.GUSTAVO GUAMAN / EXPRESO

Es un lunes frío. Y en el corazón de Guaranda, en Bolívar, al pie de un colegio antiguo, detrás de una puerta negra, espera Isabel Armijos –29 años, lojana–. Hace un ademán con su mano derecha. Intenta señalar el camino de acceso al edificio.

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Un velo caqui cubre su cabeza. Un vestido esconde su silueta hasta más abajo de las rodillas. Sobre su pecho cuelga un hombre clavado en una cruz... Sí, es una monja. Pero no cualquiera. También es futbolista, tiktoker y catequista. Y aceptó contarle su historia a este Diario.

En el segundo piso de la Unidad Educativa Santa Mariana de Jesús, junto al término de las escaleras principales, está el ‘templo’ de esta religiosa. En una oficina de siete metros cuadrados, adornada con cuadros de santos, destaca un balón de fútbol. Ni tan nuevo ni tan viejo. Pero marca su espacio sobre el escritorio. Él es el ‘rey’, el infalible, su mimado...

“Ni la cruz ni el balón pueden faltar en mi vida. Esta pelota me regaló una madre superiora que sabía que me encanta el fútbol y antes de salir de una misión en Babahoyo, me lo dio”, dice Armijos.

En agosto de 2019 llegó al colegio para dar catequesis, psicología y encargarse de otros eventos religiosos. Pero en un mes su fama de pelotera se regó entre los 945 estudiantes de la entidad.

En un minuto hace hasta 60 cascaritas. Juega de delantera derecha y también vuela bajo tres palos, si tiene que tapar un gol, ¡claro!

También es tiktoker. Tiene 70 mil seguidores. Su primer video logró los cuatro millones en un mes. En redes sociales la comparan con un famoso futbolista, por sus habilidades con el balón. “Me han dicho que me parezco a Messi. Que hago las cascaritas como él. Es un honor, pero él no es mi referente del fútbol. Antonio Valencia sí lo es todo. Admiro su forma de jugar, su agilidad, pero, ante todo, su humildad”, añade.

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Armijos comparte sus enseñanzas por la red social Tik Tok.GUSTAVO GUAMAN / EXPRESO

A pesar del hábito que lleva todos los días, no se frena para ‘armar’ partidos. Eso sí, después de clases. La cancha del colegio es el escenario ideal. Las madres y otros estudiantes son la barra brava. Después de escoger a sus seis, empieza el encuentro.

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Represento al equipo de Dios. Los dones que me dio los comparto con todos. Así, y por las redes, puedo acercarme a los jóvenes para llevarles las misiones del Señor. Antes de la pandemia, jugamos cerca de 10 partidos. Duraban hasta dos horas. De estos gané seis. Hice 15 goles y tapé 10”, cuenta.

Su vida se asemeja a un partido de fútbol, dice. En la plantilla titular están sus hermanas religiosas. Los adversarios no llevan hábito ni sotana, pero sí son penitentes. Y el balón es Dios. Sin Él, el encuentro no puede realizarse.

Ahora juego en una mejor cancha, en el mundo del servicio. Trabajo diariamente para hacerle un gol a la gente, a través de los mensajes de Dios, palabras de esperanza que ayuden en sus vidas”, detalla.

Dice que su pasión por el fútbol es más antigua que la que tiene por la vida religiosa. Pero hace nueve años, el Todopoderoso la convocó. No hubo revelaciones ni anuncios divinos. Lo suyo fue espontáneo, natural, algo casi parecido a lo que siente por el balompié.

“Juego desde los cinco años. Desde entonces driblo el balón. Mi vida era el fútbol. Peloteaba en barriales, torneos semiprofesionales. Tuve que escoger entre el convento o ser fichada por la Liga Deportiva Universitaria de Loja. El Señor me agarró anticipado y renuncié a todo para servirle a Él”, añadió.

El padre de la monja nunca aprobó que se dedicara al balompié; sus parientes siempre fueron muy religiosos.

A sus 20 años, colgó los pupos y reemplazó el uniforme por un hábito. En 2012 jugó su último partido en el estadio Reina del Cisne, en Loja. Quedó vicecampeona, marcó dos goles, alzó su trofeo y con ese partido sumó el 500 en toda su vida futbolística.

“Ese día caminé una hora para llegar a la ciudad. No desayuné y el médico del equipo casi no me deja jugar, pero aguanté todo el partido. Fue más mi pasión. Me daba nostalgia dejar todo, pero me animaba saber que en el convento también me dejarían jugar”, cuenta.

En su vida futbolera, de 10 años, marcó más de 600 goles. Solo en un año rompió 60 veces las redes adversarias. En su casa conserva un altar repleto de medallas, trofeos y reconocimientos. Y se declara fiel hincha de Liga de Quito.

“En un partido para pasar a la semifinal jugué de arquera. Llegamos a penales y de los cinco tiros, tapé tres. Fue emocionante. Con eso pasamos a la final y en 2008 quedamos campeonas del cantón Saraguro”, relata.

Después de una hora de conversación, se levanta de su trono y dice que es tiempo de demostrar lo que sabe. Con respeto abraza su balón. Baja las gradas y llega a su espacio, a su otro mundo… una cancha de fútbol.

Abajo la espera lista Joselyn Garófalo. Es la recepcionista del colegio. También es su ‘llave’ en la jugada. Pelotean cuando se puede, pero ella no lleva hábito. “Cuando llegó la madre me emocioné mucho. Dije: ‘Por fin hay con quién jugar’. Estoy picada porque hace un mes practicábamos y me hizo un gol por las galletas. Es muy buena con la pelota”, cuenta Garófalo.

El Señor es el mejor director técnico... Soy religiosa, pero no olvido mis gustos y pasiones. A pesar de mi condición actual, conservo mi esencia. Eso me distingue.

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Que habrá revancha, se dicen mutuamente. El balón cae en la cancha. Juegan ‘uno a uno’. La agilidad es parte de las dos. A pesar de llevar hábito y zapatos de cuero, la astucia es de la madre, pero Joselyn no se queda atrás y se mueve con mayor destreza.

Soy religiosa, pero no olvido mis gustos y pasiones. A pesar de mi condición actual, conservo mi esencia. Eso me distingue”, dice Isabel, mientras lleva el balón cerca del arco, con su pie derecho.

A los cinco minutos salta una jugada inesperada. La mujer del hábito atraviesa el esférico entre las piernas de Joselyn, ella gira rápidamente, pero no alcanza a detenerlo. El balón besa la línea meta… “¡¡¡Goool!!!”, grita Isabel. Levanta sus brazos y señala al cielo.

El Señor es el mejor director técnico y soy su mejor fichaje”, dice. Su meta es llegar al torneo de los cielos y por ahora seguirá jugando en su cancha, seguirá marcando goles, corazones, vidas y esperanzas.