Actualidad
Martin Caparros regenera su vision del periodismo

Comenzó manchando mesas con los cafés y los cables de agencia que repartía entre veteranos. Lo hacía en medio de redacciones donde se esnifaba tinta a contrapelo con los relojes, la siempre incómoda actualidad y un saldo estimulante de nicotina. Ha terminado cum laude, como una firma de referencia dentro de la denominada nueva crónica latinoamericana. En medio, Martín Caparrós también ha recorrido el mundo como “cazador de principios”. No solo éticos, morales o deontológicos sobre el oficio en el que acabó casi sin querer, sino desvelando sus sueños de audacia nómada en busca de un buen comienzo para sus notas.
Ahora, este periodista curtido entre publicaciones en las que lo mismo cultivaba la nota deportiva que el banquete gastronómico, da buena cuenta de sus insomnios con ‘Lacrónica’, publicada por Círculo de Tiza.
Lo que quiso nacer como una antología de varios artículos suyos se ha convertido, a modo de autobiografía periodística, en un manual con alergia a la pompa de los textos académicos, fundamental para cualquiera que quiera dedicarse a esto de contar el mundo. “Hace 14 o 15 años que imparto talleres en la Fundación Nuevo Periodismo y eso me urgía de tanto en tanto a pensar en lo que hago y cómo lo hago. Con el libro, me sentí obligado a reunirlo de una vez y así es como conformé esta especie de legado de las pelotas”, afirma.
No le gusta la palabra ‘manual’, que le lleva a “pensar en maestras antipáticas y tardes escondidas”. Pero el caso es que le ha salido uno en el que pone en duda la sobrepasada doctrina salida de las universidades, en esas aulas vencidas por la realidad del oficio donde todavía algunos se atreven a hablar de objetividad y pirámides invertidas: “Lo primero no existe, pues ya a la hora de elegir contar una historia y no otra aplicas la subjetividad. En cuanto a la pirámide invertida, denota mediocridad, falta de ambición”. Esa coartada se inventó, opina Caparrós, “para no lectores”. La aplican aquellos que, metiendo todo lo que importa en el primer párrafo, se rinden a la evidencia de que en lugar de 30 líneas solo aprovecharán las seis del principio. “Yo me muestro un poco más orgulloso: quiero que lean todo lo que escribo, no solo una parte”.
Lejos del absurdo académico, a veces tediosamente implantado también en algunas redacciones donde se mira de reojo cualquier coqueteo con la creatividad, Caparrós habla de estructuras, de arranques, de impresiones cogidas al vuelo, de reflexión previa a lo redactado, de buscar en la poesía para combatir toda burocratización del lenguaje y no renunciar así a lo preciso.
No entiende la distinción escritor/periodista, valga la redundancia. “Pasé tiempo explicando que entre escribir ficción o no ficción solo existe una diferencia: para la última se supone que pasaste un tiempo previo reuniendo un material que en el caso de lo primero has ido recopilando toda la vida”. Se trata de un pacto de lectura: “Nada más, con la única obligación de buscar una mejor manera de contar el mundo”.
Y para ello ya no existe una escala de importancia basada en las famosas W del periodismo norteamericano: ‘what’, ‘when’, ‘where’, ‘why’ (qué, cuándo, dónde, por qué). “Lo más importante, lo que nos diferencia ahora que ya contamos con la información inmediata sobre todo lo que queramos, es el cómo”. Cómo se articula y estructura el relato, cómo arranca y termina el mismo, en qué cantidad se despliegan adjetivos, con qué agilidad se dota al texto de verbos... “Todo eso es lo que va a marcar la diferencia”, indica. Añade que esto sirve para cualquier género. No solo lo que llama ‘la nueva crónica latinoamericana’.