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Lucha de clases o de poderes

Por más de siglo y medio la izquierda viene pronosticando el triunfo del proletariado y la desaparición de las clases sociales. Tal resultado no se ha dado y en ninguna parte del mundo se sabe de alguna sociedad sin clases. Fallaron las predicciones pero el embuste continúa. Las sociedades siguen progresando con la coexistencia de proletarios y burgueses, pugnando y conciliando, proponiendo y transigiendo, privilegiando al pragmatismo sobre los intereses contrapuestos. La diversidad es aprovechada.
En el Ecuador se promueve a empellones la lucha de clases exigida por su libreto: exacerban el rencor de los pobres contra los llamados ricos. Con jocosa pero maligna perspicacia, cambiaron de nomenclatura: nacieron los “pelucones”, una categoría especial que pudiera diferenciarse de los nuevos burgueses nacidos a borbotones en esta revolución. Hoy, tras una década, la lucha de clases ha adquirido perfiles propios: la clase trabajadora y la empresarial (especialmente la familiar), reniegan de una despótica burocracia, gigante e ideologizada, patético ejemplo de cómo se privilegia al ser humano por sobre el capital... si el beneficiario integra las huestes oficialistas.
La vocación gubernamental por la lucha no se detuvo en lo expresado. Su mesiánico destino lo llevaría también a confrontar con las FF. AA., contando con el aparataje judicial y administrativo en sus manos. ¿El tema en disputa? La obediencia debida a quien, siendo en verdad su máxima autoridad, decide ejercer el mando castrense en tonterías que la racionalidad exige sean absueltas por subordinados. “Meter la mano” en la justicia les había dado resultado y debió alentar la idea de dominar a las FF. AA. para consolidar de facto su revolución. Entrevistado por una radio local, un apreciado colega calificó el incidente como una “ridiculez”, una “payasada” que, bajo mi óptica, dio margen a una lucha de poderes iniciada con la habitual y explosiva emotividad presidencial, para disfrazarla luego de insincera humildad democrática. No otra cosa es el pedido de protección, inimaginable en un presidente autoritario, intemperante y pendenciero, denunciando la incursión del fascismo en las FF. AA. y el haberse afectado sus derechos con los dichos de un subalterno.
Debemos suponer que puso su suerte en manos de una jueza suplente y “ad hoc”, cuyo compromiso con la revolución debió verificarse previamente.
Los innumerables conflictos oficiosamente abiertos por el Gobierno, prevén para febrero un final con otros protagonistas: el correísmo, por una parte, y una hastiada sociedad, por otra. Hasta tanto seguiremos interrogándonos por qué Ecuador genera tantos disparates que exacerban sus odios intestinos. ¿Será su genética cultural hispanoamericana? ¿Será el ADN de nuestra inconforme cultura? ¿Cuánta culpa tienen Bolívar, Fidel, el chavismo, Lula, los Kirchner, la Rousseff? ¿O quizás Maduro y Correa, sobreviviendo todavía al naufragio?
La asunción al poder del pueblo proletario y una sociedad sin clases (sin pelucones), es un imaginario paisaje que solo corrobora la proverbial ineptitud revolucionaria. Los intereses económicos contrapuestos subsistirán sin afectar el desarrollo de un país. El mismo Lenin, seis años después de tomar el poder la Revolución bolchevique, aconsejaba “ir más despacio”, lamentando la impreparación de sus impulsivos gobernantes: “Quieren darnos un aparato mejor, pero no saben cómo hacerlo”, decía. Y advertía: “Tenemos que fijarnos como tarea: primero, estudiar; segundo, estudiar; tercero, estudiar”, para superar “un estado lamentable, por no decir detestable”. Si hoy pudiera mirarnos, repetiría esas palabras. Solo una sociedad que estudie prosperará en la diversidad democrática de sus talentos.
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