‘Gilets jaunes’

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‘Gilets jaunes’

La victoria de Emmanuel Macron era la consolidación de la fantasía política. Había demostrado que París no era ni Washington, ni Londres. La razón imperaba. Ni Trump (Marine Le Pen) al poder. Ni el ‘brexit’ francés. La luna de miel terminó. 17 meses después, lo siguiente: si las elecciones fueran hoy, Macron pierde. Entendible. Difícil ganar cuando los titulares nacionales se resumen a “Macron el más odiado”. Ahora, como siempre, el desafío está en entender por qué. Por qué entender el desplome de “la promesa”. La respuesta es clara: a alguien tenían que culpar. Primero de lo inmediato. Acción: gobierno de Macron anuncia subida de impuesto al diésel. Reacción: edificios incendiados. Monumentos vandalizados. Manifestantes “lacrimogenizados”. 230 años después y los franceses aún buscan destronar (o descabezar) al rey que juega con sus bolsillos. ¿Quién dice que la memoria genética colectiva no existe? Sin embargo, esta vez la culpa no la tiene el rey. Los orígenes están más atrás. Vienen desde las decisiones de la OPEP, hasta la prohibición de exportación al petróleo estadounidense a Irán. Eso es lo que determina el valor del diésel. Pero pensar así es muy lejano. Es necesario encontrar una causa concreta del malestar. Si no, no habría cómo “cortar el mal de raíz” ni la ficción necesaria del “futuro mejor” que eso produce. Es más fácil culpar al presidente exbanquero. Al presidente élite. Al presidente arrogante. Lo sorprendente no está en ese comportamiento (que al fin y al cabo resulta natural). Lo alarmante está en que esas imágenes de descontento, lucha y muerte se dieron en los Campos Elíseos. No en un Estado fallido. Sino entre marca y marca. En el país donde la civilización “ya triunfó”. ¿Era ficticio? ¿Al punto de desplomarse por la subida de unos cuantos euros de la gasolina? No. Lo que esto nos demuestra es que cuando existe malestar -en este caso por la baja productividad económica francesa, por la “imposición” de Bruselas en asuntos nacionales, por la inmigración, el terrorismo y por la diferencias de clase, cualquier evento sirve de canalizador para catarsis colectiva.

Presidente Lenín. Sobre su última decisión. Por favor, mírese en el espejo ajeno.