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Libano a la maldicion de recursos

Tras dos años y medio sin presidente, el Parlamento del Líbano ha elegido a Michel Aoun para el cargo. Ahora el país puede dirigir su atención hacia la producción de petróleo y el gas, y las autoridades tienen muchas expectativas de que una bonanza energética ponga en marcha la economía nacional, víctima de la mala gobernanza política y económica y los efectos de la guerra civil en Siria.

Es cierto que la potencial riqueza de los hidrocarburos transformaría el país, al tiempo que daría un modelo a imitar para otros productores energéticos de Oriente Próximo, pero las autoridades deben tener en mente cuatro riesgos importantes: 1) Los precios del petróleo y el gas son volátiles, y en general el futuro de los combustibles fósiles es incierto. Los precios del petróleo y el gas han bajado en cerca de un 60 % desde junio de 2014, y es poco probable que se recuperen en el mediano plazo. Estamos en los tiempos de la “nueva normalidad” del petróleo, definida por la abundancia de fuentes de energía alternativas. 2) No está claro el tamaño de las reservas de energía recuperables del Líbano. Asimismo, importante es el hecho de que, incluso en los escenarios más optimistas, también es incierta la capacidad nacional de gestionar la extracción, producción y distribución del petróleo y el gas. 3)Las actuales disputas territoriales en la región (y la falta de acuerdos sobre los límites marítimos entre Chipre, Israel y Siria) son causa de incertidumbre legal sobre quién posee y puede explotar determinados bloques de petróleo y gas. 4) Los líderes libaneses deben hacer frente a su mala forma de ejercer la política y el gobierno, que probablemente frustre cualquier intento de manejar sus recursos naturales de forma transparente y sostenible. La estimación del FMI sobre los potenciales ingresos del petróleo y gas para el país parten del supuesto optimista de que la producción comenzará en 2021, alcanzando plena capacidad en 2036 y prosiguiendo hasta 2056.

En este escenario, una vez comience la producción, sus ingresos por este recurso representarían cerca de un 2,8 % del PIB no petrolero del país, llegando a cerca de un 9 % de los ingresos estatales cuando la producción esté en su máximo, para después ir declinando gradualmente. Incluso si los bloques de petróleo y gas se subastan casi de inmediato, en 2017, y luego se exploran con éxito, los ingresos resultantes no llegarían sino hasta 2022, como mínimo. El maná del cielo no está a punto de caer sobre el Líbano. Mientras tanto, el nuevo gobierno debe hacer frente a una desoladora situación fiscal, con un déficit presupuestario de un 8,1 % del PIB para el 2016 y una deuda estatal por un 144 % del PIB, una de las proporciones de deuda pública más altas del mundo. Así, más temprano que tarde deben hacerse fuertes ajustes fiscales en el Líbano, y que habrá que descontar gran parte de los ingresos futuros que puedan aportar estos recursos. Pero la gobernanza es el problema más urgente, porque ahora el país debe construir una base para administrar adecuadamente la riqueza que le den los combustibles fósiles.

La principal lección de otros países donde hay abundancia de recursos es que, sin una buena gobernabilidad, la bonanza energética probablemente genere más corrupción, a medida que los intereses creados y los políticos intenten apropiarse de esas rentas.

En particular, el gasto estatal debería determinarse por una estimación del ingreso permanente mientras los ingresos cíclicos se ahorran en un fondo soberano. Si las nuevas autoridades basan su toma de decisiones en un consenso nacional (con transparencia y rendición de cuentas), se disipará la maldición.

Project Syndicate