“Manos limpias”...

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“Manos limpias”...

“Manos limpias”...

la actuación de muchos políticos oscila entre dos caras de una misma moneda, exhibidas según las circunstancias. Incursionan en la ciencia de la ocultación y del engaño, en la que los más hábiles resultan ser los más repudiables. Por ello, la verdad y la mentira, lo honesto y lo deshonesto, son temas para un constante escrutinio.

La corrupción se incrustó, llena de falacias, en el experimento socialista de todo un siglo. Y mientras con cierto cinismo se acusa a la derecha de retrógrada y hambreadora por naturaleza, hoy se tilda de corruptos a “los del siglo XXI”. Pero el daño social causado por los corruptos demanda siempre enorme sacrificio colectivo para remediarlo y marca un retraso sustancial que identifica a un país como subdesarrollado o tercermundista.

El caso “Panama Papers” exige objetividad. La honra y el futuro político de muchos está en juego. No caben presunciones condenatorias y anticipadas, ni proclamar inocencias por no existir sentencias judiciales en un país donde los debidos procesos se han ausentado de la administración de justicia. Pero las dimensiones adquiridas por la corrupción denunciada superan escandalosamente las cifras atribuidas a la corrupción antaño. Ya no se habla de pícaros sueltos sino de redes de corrupción, vergonzosa expresión que requiere de individuos asociados para delinquir, institucionalizando el delito como parte estructural de un sistema gubernamental. Generaron dudas las exorbitantes cuantías de los contratos celebrados prescindiendo de la usual normativa reguladora . Y las dudas arreciaron tras observar cómo sus autores se aceptan, cómo se felicitan, cómo se toman de sus manos limpias y hasta se condecoran mutuamente, creyendo diferenciarse así de la manoseada partidocracia, cuya corrupción les ha servido de plataforma política. Hablando de sus manos y de la justicia social siempre en camino, pensaron que el pueblo admitiría tanta basura oral , por no decir tanta “m... impresa”, parafraseando a Vargas Llosa y Norman Mailer cuando juzgaron situaciones similares.

La etapa preelectoral exhibe una disuelta unidad en la oposición, a punto incluso de generar enemistades intestinas. Y en el bando oficialista, la publicación de un diario panameño alude a una presunta participación de Glas en esos “papeles”, que pronto conoceremos. Hasta tanto, descartemos las conjeturas y no creamos tampoco en las edulcorantes declaraciones de un fiscal general salpicado por el mismo lodo.

Es usual en política que un Gobierno trate de evitar la divulgación de cuanto afecte a uno de sus miembros, pero despierta suspicacias en tratándose de un Gobierno caracterizado por su vehemente espíritu de cuerpo y por sus extraños silencios e inacciones. Sería indecente proteger a quien realmente haya dirigido una red delictiva. La ética política desaparecería bajo un manto solidario y presuntamente encubridor, sin calcular la torpeza de pedir el favor electoral para quien cargaría tal estigma y promete candorosamente “ir por más..”.

Por fortuna, nuestra democracia se oxigenará derrotando al correísmo y al demonio de la corrupción denunciada. La hipotética negatividad de un candidato oficialista servirá paradójicamente de abono orgánico para el triunfo de sus oponentes y el advenimiento de una democracia libre de odios y de publicitadas manos limpias.

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