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La “mania de los fuertes”

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Los políticos que dan muestras de fuerza volvieron a ponerse de moda. No hace mucho, el presidente ruso Putin era uno de los pocos líderes que merecían ese rótulo. Hoy, tiene mucha más competencia. La tendencia se puede observar en regímenes tradicionalmente autocráticos, como el presidente chino, Xi Jinping. Pero algo similar se puede ver en países a los que se había promovido como democracias jóvenes modelo: el presidente Erdogan en Turquía; el primer ministro húngaro, Viktor Orbán; en las Filipinas, Rodrigo Duterte; en Austria, Norbert Hofer, líder del Partido de la Libertad de extrema derecha y en Estados Unidos, Donald Trump. Este abrazo de líderes que prometen que ellos por sí solos pueden resolver los problemas de la sociedad y restaurar algún pasado idealizado, refleja la ignorancia generalizada de la naturaleza y las consecuencias del régimen populista. Basta con mirar el caso de Venezuela, donde la crisis económica actual se puede vincular al gobierno desastroso de Hugo Chávez, el populista por excelencia. La gente estaba encantada con sus programas de asistencia social y, aparentemente, no le preocupaba que dependieran de los ingresos del petróleo y de la deuda externa. Mientras los beneficios fluyeran, Chávez era libre de expropiar industrias y desalentar la competencia privada. No sorprende que se frenara la diversificación económica y que, cuando los precios del petróleo colapsaran, también se desmoronara la economía. Esto subraya una razón clave por la cual los hombres fuertes casi siempre conducen a sus países a la catástrofe. Después de conquistar a los votantes con su aparente firmeza y sinceridad, acaparan suficiente autoridad para tomar decisiones rápidas y demostrar resultados de corto plazo -manteniendo así a los votantes de su lado mientras siguen amasando una mayor autoridad. Pero la firmeza conlleva un costo elevado. Sin nadie que chequee su comportamiento, los hombres fuertes rara vez se hacen cargo de los riesgos a largo plazo. Al final, la prosperidad que prometieron nunca llega, o al menos no dura mucho. Por el contrario, la economía suele terminar en ruinas. Y eso no es lo peor. Los votantes renuncian a las libertades a cambio de esa prosperidad prometida. La capacidad de criticar al gobierno libremente es la diferencia medular entre una democracia y una dictadura. ¿Cómo puede alguien creer, entonces, que un líder que recorta el derecho de la gente a manifestarse puede salvar una democracia llena de imperfecciones? De hecho, la combinación de libertad de expresión y competencia electoral es la clave para mejorar las democracias, porque permite que los fallos sistémicos -para no mencionar los tropiezos de los líderes- sean objeto del escrutinio público. Para convencer a los votantes de los peligros planteados por los autócratas populistas, también se podrían considerar los estragos humanos de vivir bajo su régimen. Quizá las decenas de periodistas que han sido arrestados en Turquía desde el intento de golpe, o las familias de los muchos opositores de Putin que terminaron muertos, podrían ofrecer cierta visión del costo de vivir con un miedo constante al Gobierno. Los hombres fuertes tienden a autodestruirse por los errores colosales que condenan sus ambiciones grandiosas, pero tienden a dejar tras de sí una democracia seriamente comprometida y una economía en ruinas.

La mejor defensa es impedir que los autócratas populistas resulten electos.

Project Syndicate

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