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“Dejenos llorar, presidente”
En Manta, Correa dijo: “A ver señores, estamos en emergencia nacional. Aquí nadie me pierde la calma, nadie grita o lo mando detenido, sea joven, viejo, hombre o mujer. Nadie me empieza a llorar ni a quejárseme por cuestiones que falten, a no ser, seres queridos que hayan perdido”.
Y en Muisne repite sus amenazas de mandar preso a quien le pide ayuda.
Reprende y advierte, pérfidamente, a los que han perdido la vida de sus familias, casas, trabajo. Piden agua, comida, protección inmediata. Y no para mañana. No esperan. Sobreviven al desastre. Están aterrados. Necesitan palabras de respaldo, aliento y pésame. No amenazas ni propagandas por TV.
Ante un dolor infinito, es ofensivo “prohibir llorar y quejarse”. No son “cuestiones que falten”. El reclamo a gritos es natural y espontáneo. Es humano. Tienen pánico. Hay zozobra.
Anhelan hablar, abrazar, llorar y expresar sus sentimientos. No quieren promesas. Solo comprensión. Sensibilidad.
Decir: “ya vendrá ayuda”, no llena la angustia, necesidades y desesperación. Por lo menos, “déjenos llorar, presidente”.
Nunca antes un gobernante ha tratado así a las víctimas de una tragedia monumental.
“El deber de un gobierno es proteger la vida de los ciudadanos. No dirigirlos” (Reagan).
Generosas vituallas llegan provenientes de la sociedad civil, de la empresa privada.
Los ciudadanos suspenden todo para colectar “algo” y llevárselo a las víctimas de la tragedia. Vienen de todo el mundo.
Al Jazeera (TV Qatar) difunde que “elementos de la fuerza pública (en Rocafuerte) agreden a damnificado que intentaba acceder por raciones de agua y comida. Y que esas raciones y materiales de construcción no se entregan”.
900 réplicas. Sismo de 6,3 en Puná (Guayaquil). Preocupante.
“Parece que el Gobierno utilizaría los poderes de la emergencia para cubrir las necesidades fiscales no relacionadas con el sismo” (“Merril Lynch”).
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