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“Debemos lavarnos los pies y servirnos el uno al otro”

Este Jueves Santo, la ceremonia se ofició en la catedral.

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Llegó a pedirle a Dios algo muy personal. Oraba cerca del baldaquino de la catedral cuando un sacerdote se le acercó. “¿Se quedará a misa de siete?”, le preguntó.

Debía terminar el recorrido que realiza todos los jueves santos por siete iglesias. Y aún iba por el tercer templo. Pero al conocer que lo habían elegido para la ceremonia del lavado de pies, sintió que Jesús le hablaba. Así que hizo una pausa en su ruta: “Me emocioné y me puse muy nervioso. Como cristiano sé que a Dios no se le debe pedir una prueba o algo por el estilo, pero con esto sentí que Él me escuchó”.

Gerónimo Altamirano fue uno de los doce creyentes que participaron en la liturgia presidida por el arzobispo de Guayaquil, monseñor Luis Cabrera, la noche del pasado jueves.

El acto emula la acción de Jesús durante la Última Cena con sus doce discípulos. Así que Cabrera hizo lo propio: lavó y besó los pies de quienes participaron en la jornada de fe.

En su sermón, recordó que esta enseñanza dejada por el Mesías nos invita a amarnos los unos a los otros, como lo hizo Dios. “Él nos amó primero. Esa es la novedad del Evangelio”, destacó el arzobispo.

Cabrera también hizo hincapié en la necesidad de ser solidarios. “Debemos lavarnos los pies entre nosotros, servirnos el uno al otro y, por supuesto, dejarnos amar por Dios. Con este acto descubrimos que todos somos iguales, que tenemos las mismas oportunidades, que no hay nadie que esté por abajo o arriba...”, reflexionó.

La catedral lució llena durante la liturgia, pese a que una prolongada llovizna acompañó el atardecer previo a la cita. Carlos Brito llegó con su familia desde Milagro. Esperaba con ansias la adoración al Santísimo: “Es tradición para nosotros llegar cada Jueves Santo. Siento que la fe se renueva”.

Como él, cientos de fieles coparon los asientos de la iglesia, la capilla del Santísimo y los rincones dedicados a santos que tiene este emblemático templo guayaquileño.

Hubo quienes, a falta de confesión, decidieron no comulgar, pero luego de la misa hicieron enormes filas ante el confesionario.

Y no faltaron aquellos que le sacaron provecho a la fe en la puerta de la iglesia, ofreciendo a los fieles velas de colores, rosarios de todos los materiales posibles, estampitas, inciensos y demás productos.

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