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“No nos podemos centrar en una sola actividad”
Arquitecto, diseñador de interiores, restaurador de antigüedades, fabricante de muebles y un asiduo visitante de museos, iglesias y palacios. Sin lugar a dudas, Pedro Manuel Rojas nació para el arte.

Arquitecto, diseñador de interiores, restaurador de antigüedades, fabricante de muebles y un asiduo visitante de museos, iglesias y palacios. Sin lugar a dudas, Pedro Manuel Rojas nació para el arte.
En su infancia, este profesional guayaquileño ya mostraba inclinación por pasatiempos donde la imaginación cuenta; y en el colegio Alemán Humboldt, donde cursó sus primeros estudios, buscó integrar los talleres de carpintería y de metalmecánica. “Me gustaba mucho esto de crear, en esa época éramos muy pocos los que optábamos por esa especialidad, y en mi curso nos mantuvimos y nos graduamos solo ocho estudiantes”, recuerda hoy.
Pudo haber seguido la Ingeniería Mecánica o alguna carrera afín en la universidad, pero al final optó por la Arquitectura. Al inscribirse, lo primero que apreció fue el edificio de la Católica de Guayaquil, donde funciona esa facultad, el cual ha ganado premios por su imponente estructura de hormigón visto.
En esas aulas conoció a Susana Dáger, quien luego sería su esposa e inseparable compañera de aventuras en la Arquitectura y el Interiorismo. Ambos dan asesoría y han realizado una gran cantidad de obras en residencias y edificios.
Una de las tareas que más le ha encantado realizar a este creativo, en particular, fue la restauración de un enorme tríptico de espejos, hecho en Europa, allá por el año 1800. “Una belleza de mueble -refiere Rojas- se lo venden a un amigo anticuario y él me pidió ayuda para restaurarlo porque la madera estaba carcomida y solo le quedaba el yeso y el pan de oro, y ciertos tallados los habían reemplazado por cemento”.
Un mes antes de entregar la obra, el anticuario llamó a Rojas para decirle que el mueble, de unos 3,20 m de alto por 2,50 de ancho, tenía nuevo dueño: nada menos que el Palacio de Carondelet, sede del Gobierno. “Ahí sí que me entraron unos nervios. Uno le mete alma a su trabajo, pero pensar que una obra en la que uno interviene va a estar en el Palacio de Gobierno, ya eran palabras mayores”.
Él viajó a Quito para instalar el tríptico en el Salón Amarillo y hoy cree que esa ha sido una de sus mejores experiencias. Pero no la única. Además de la restauración de antigüedades, de trabajar con la madera, y la decoración de ambientes, ahora que son tiempos de crisis, este profesional amplía aún más sus horizontes. Por ejemplo, está trabajando en un tipo de cobertores para televisores.
“No estamos solo centrados en un área, sino que tratamos de manejar las áreas que se mueven porque uno no se puede quedar estancado”, dice convencido.