El laberinto de la revolucion

Fue un laberinto cuya salida era indescifrable para quienes se atrevieron a penetrar en él. Un minotauro, bestia voraz y sanguinaria que lo habitaba, estaba para impedirlo y para asegurar su propia subsistencia. Así lo describe la imaginativa mitología griega y que hoy parece replicarse en buena parte de la historia real latinoamericana, incluido el Ecuador.

Hablamos incomprensibles lenguajes y hay un cambio abrupto de nuestros valores éticos al proclamarse una supuesta revolución. Son, pues, responsables de este desastre los dogmas ideológicos esgrimidos luego como parapetos de sus disparates y de su delincuencial conducta. Ya no hablamos del encubrimiento como una vulgar superchería, sino de un institucionalizado amparo de la corrupción.

Guardando las necesarias diferencias físicas, Correa habría hecho las veces del feroz minotauro, convirtiéndose en artífice del laberinto que encerraba la intrincada maraña legal protectora de las andanzas de toda una década de desaciertos e inescrupulosidades. Una maraña alimentada por el incesante golpeteo publicitario socialistoide y por sistemáticas y calculadas ofensas a la prensa, a la propiedad privada, al sector empresarial y a todos cuantos “no eran ellos”. Sin embargo, tras sus inagotables agresiones, nuestro minotauro no pudo evitar que las piedras que escupió terminaran cayendo en su propio tejado, que resultó ser de .

El desconcierto nacional sigue creciendo: Moreno promete luchar hasta el final contra la corrupción, mientras las fuerzas aliancistas no desmayan en buscar su “reconciliación” con quien aparece como una de las cabezas de esa descomunal corrupción y se ha ganado con éxito visible la desconfianza general.

Observamos a José Serrano aseverando que su deber primordial como presidente de la Asamblea Nacional es proteger y exculpar a su compañero de movimiento, sin importarle que tan forzada inocencia se obtenga exclusivamente por contar con una temporal mayoría de votos. Poco después, el mismo Serrano abandonó su ámbito de acción legislativa para servir de vehículo y escudo protector de un hombre cuya vida podría, en verdad, correr peligro desde que se propuso acabar con los mitos desvergonzadamente armados por la revolución ciudadana respecto de su alardeada honestidad. No vemos cómo podría Moreno “luchar hasta el final” contra la corrupción con las compañías que se pretende imponerle.

No hay dudas de que el laberinto gubernamental se edificó a la medida de sus autores. Decretos de emergencia, exoneración de controles previos, contrataciones sin formalidades, enmiendas que ampararon groseros reajustes contractuales, freno a nuevas auditorías que eventualmente discreparen con las realizadas por una Contraloría desconfiable sobre el verdadero destino del endeudamiento público, y varias puertas abiertas al despilfarro multimillonario, caracterizaron toda una década oprobiosa de alardes y estereotipos demagógicos de sus ovejunos seguidores ¡Y se pide a Moreno que abra sus brazos y se solidarice con una inmundicia ética, cuya real dimensión estamos por conocer!

¡Nadie se escapa! ¡Traidor quien hable! Parecen ser los aullidos del minotauro ante la amenaza y el desbande generados por la delación ofrecida por Pareja y la apertura cierta de la caja de Pandora. Pero el Ecuador se merece un baño moral y desinfectante que nos redima ante nuestra historia. Si los peces realmente gordos son puestos tras las rejas y desembolsan lo que habrían robado a un país lleno de pobres, experimentaremos una recuperación moral y democrática que levantaría nuestra raquitizada autoestima.