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Como Israel pierde a EE.UU.

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El difunto diplomático norteamericano George Ball alguna vez dijo que Israel necesitaba ser salvado de sus propias políticas suicidas. Pero si bien la postura realista de Ball sobre el conflicto palestino-israelí no es inusual entre los funcionarios del Departamento de Estado norteamericano, sigue siendo un tema tabú para el “establishment” político de EE. UU., que desde hace mucho tiempo viene defendiendo un consenso casi sagrado sobre Israel -hasta ahora. A pesar de que la postura de Ball sigue representando un clamor en el desierto, pues EE. UU. no ha vacilado en su compromiso de mantener la “ventaja militar cualitativa” de Israel -de hecho, la administración del presidente Obama ha superado todos los récords históricos en su ayuda militar a Israel, aunque el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no ha manifestado ninguna voluntad de usar esa ventaja militar financiada por los contribuyentes norteamericanos para asumir riesgos calculados por la paz- y de que EE. UU. sigue suscribiendo las políticas anexionistas desafiantes de Israel, algo definitivamente cambió. Las cuestiones referidas a Palestina hoy están sumamente polarizadas en la política estadounidense. Las generaciones más jóvenes están mucho más afectadas por las imágenes de un Israel intolerante que tiraniza a una nación palestina privada de derechos que por el recuerdo cada vez más débil de la épica sionista original. Para ellos este conflicto se ha convertido en una cuestión de derechos humanos, muy polémica, y los políticos estadounidenses están prestando atención. El senador Bernie Sanders, en su campaña presidencial exigió revisar la postura del Partido Demócrata sobre el conflicto palestino-israelí. El Partido Republicano también está amenazando con volverse en contra de Israel. Donald Trump ha indicado que no respaldaría el apoyo automático a Israel por parte de EE. UU., sugiriendo que piensa que Israel tiene más responsabilidad en el fracaso de la solución de dos Estados y que EE. UU. sería “una suerte de tipo neutral” en el conflicto. Para Israel, una presidencia de Trump sería una pérdida importante. El problema va mucho más allá: una cosa es un aliado menos servicial en la Casa Blanca; otra muy distinta es tener allí a Trump, poniendo en práctica su filosofía de “Estados Unidos primero” en la política exterior. Si bien la idea de asignarle la mayor prioridad a los intereses del propio país no es descabellada en sí misma, el discurso particular de Trump recuerda los reclamos pronunciados por grupos aislacionistas y antisemitas antes de la II Guerra Mundial para que EE. UU. apaciguara a Hitler. Para Trump y millones de sus seguidores, “Estados Unidos primero” significa el fin de su misión global iluminada. Los poderes extranjeros deberían pagar por los servicios de EE. UU. Al ignorar la protesta de la opinión pública europea en contra de su política palestina, Israel ha perdido definitivamente el respaldo de Europa. Ahora, su ciudadela alguna vez invulnerable en EE. UU. está bajo amenaza. Con certeza debe darse cuenta de que ignorar este desafío equivaldría a saltar al vacío.

Project Syndicate

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