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El hombre de las esculturas quiere llegar a todo el pais

Sabía que era un sueño. Se vio a sí mismo entrar a un taller. Un hombre como de 80 años se le acercó y sin decirle nada le entregó la escultura de una iguana en miniatura. Cuando se levantó, lo primero que hizo fue ir a su propio espacio de creación artesanal y confeccionó una réplica de la imagen que acababa de ver.
No existían entonces ni el monumento que construyó en la avenida Las Monjas en el 2003 ni ninguna de los cientos de réplicas que ha elaborado de esa obra para la venta en puestos de mercados artesanales; pero gracias a ese sueño, su amiga Rocío del Campo pudo mostrarle una de las copias al alcalde de Guayaquil, que, tras verla, no solo pidió la iguana en gigante, sino que también firmó para que Juan Sánchez cree la escultura del mono, de la entrada del túnel del Santa Ana; la del papagayo, afuera del City Mall, y la de la orquídea, en la avenida Francisco de Orellana.
Es la iguana, sin embargo, la piedra angular de su ofrenda artística a Guayaquil y a otras zonas del Ecuador. Sí, de Ecuador. Su arte puede observarse en la piña gigante de Milagro, en la tejedora de Manabí, en el sombrero de Paján, en las garzas de La Puntilla y, entre otras obras, en los gallos peleadores y en el jinete montuvio de Samborondón.
Juan nació en Imbabura, pero se crió en Quito y en Cuenca. En el 2008, cuando llegó a Manabí para crear un maíz gigante, compró un lote en Jipijapa, armó una casa allí y se quedó. “Me gusta el clima, me gusta la gente. De acá no me voy”.
Trabajó sus primeros años con madera, con brea, con arcilla... Fue la cerámica, sin embargo, la que lo cautivó. “Es que la plasticidad de la cerámica se presta al arte”.
Cuando soñó con la iguana, ya tenía una vida entera dedicada a la artesanía. Hoy por hoy, tiene un taller de obras en miniatura, que también le es útil cuando tiene un pedido “de los grandes”. Después de todo -admite- son las esculturas las que han popularizado las versiones pequeñas de sus obras.
Juan amó el oficio desde muy pequeño. Veía a su padre, Carlos Alfonso Sánchez, ensimismado en la creación de objetos, y sentía avidez por ayudarlo: “Nadie me obligó a dedicarme a esto, para mí, el arte es como una necesidad para vivir, como lo es el respirar...”.
Es el quinto de siete hijos, pero el primer varón después de cuatro mujeres, y el único que siguió los pasos de su padre, que murió en 1987, cuando él andaba por los 25.
Ya era un hombre para entonces. Había recibido los principales secretos del oficio; uno de ellos “es importantísimo”: nunca frenar la imaginación. Su padre fue el pilar de su carrera, lo reconoce ahora: “Recuerdo que haciendo sus artesanías me decía: ‘y ahora, ¿qué hago?’. Yo le daba una alternativa; pero claro que él sabía qué hacer. Lo decía para empujarme, para que yo cree”.
De todas las estructuras que ha hecho, la más complicada fue el mono, por la complejidad de su textura y por el reto que encontró al momento de plasmar el rostro del animal. “Por guardar mucha similitud con los humanos, las fallas pudieron haber sido notables”. Esta mole de doce metros requirió 110.000 pequeñas piezas multicolores de cerámica colocadas sobre una estructura de hierro y cemento.
Como anécdota, recuerda que los días en que la elaboraba pasaba un taxista siempre y le gritaba: “¡Oye! ¡Ese mono está feo!”. Entre risas dice que cuando lo inauguró, el conductor llegó con su familia, lo saludó y le explicó que “solo era por bromear”.
Juan tiene un sueño: “Mi meta es que en cada rincón de Ecuador haya una escultura que identifique la cultura de la zona en la que está”. Por lo pronto, Guayaquil ya está en la agenda. Su huella se extenderá el próximo año en la vía a la costa. La siguiente obra será el cangrejo, en la avenida del Bombero.