
Hijos de militares, una vida que se reinicia cada dos anos
Con tan solo 15 años, Javier Cañarte ha vivido en más de siete ciudades, se ha mudado de casa en quince ocasiones y se ha despedido de sus amigos entre llantos y promesas de reencuentro. ¿La razón? Es hijo de un marino, y junto con su familia acompaña a su padre en la vida itinerante que implica esa carrera.
Tanto Javier como su hermano José, de 12 años, son muy unidos, pues saben que entre tantos cambios que supone la profesión militar lo único que se mantiene es la familia.
Ahora llevan tres años en Guayaquil, el tiempo más extenso que han estado en una ciudad. A Javier, quien venía de una institución en Salinas, le tomó tres meses acostumbrarse a su nueva escuela de Guayaquil, pues de tantos colegios en los que había estado, en ninguno las materias eran las mismas, por lo que tenía vacíos. “El primer día saqué un 20... sobre 100” cuenta con humor Javier, y acepta que tampoco tenía muchos amigos.
En promedio, un militar cambia de destino y de casa cada dos años. Ese cambio trastorna a toda la familia, la cual tiene que readaptar sus actividades a nuevos ambientes.
La psicóloga Estela Jaramillo explica que este tipo de cambios afectan más al adolescente, pero al mismo tiempo son positivos, porque le enseñan a la persona a adaptarse a la sociedad moderna, que es cambiante y no arraigada.
En el caso de los hermanos los cambios aún no se sienten tan fuertes debido a su edad, pero para los adolescentes es diferente. Ellos desarrollan relaciones más fuertes e incluso relaciones amorosas que tienen que abandonar por la distancia.
Jaramillo explica que los niños tienen como núcleo a sus padres, pero los adolescentes incluyen en ese núcleo a más personas. Lo que para un niño es una experiencia emocionante de cambio de casa y materiales escolares; para un adolescente implica el tratar de encajar en una sociedad desde cero.
A pesar de esto los hermanos admiten que aunque a veces les hubiera gustado quedarse en un solo lugar y llevar una vida “normal”, las experiencias los hacen madurar y entender cosas que no estarían entre los pensamientos de otros niños de su edad. “Seguro ya mismo nos mudamos; así que ya tengo que irme preparando psicológicamente”, dice José con cierta nostalgia, pero sonriente.
Melanie Falcones también es hija de militar. Su padre perteneció a la Fuerza Aérea y a pesar de que no tuvo tantos cambios de ciudad, había ocasiones en las que él debía realizar cursos fuera de la ciudad que podían durar semanas o meses. Esto implicó que su padre no pudiera estar en eventos importantes de su hija. El cambio más drástico que tuvo Melanie fue el de viajar al extranjero por un año. Ella cuenta que allá no pudo asistir a clases porque no hablaba el idioma. “Perdí un año de colegio, pero gané experiencia”, dice la ahora estudiante de Odontología.