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La guerra en voz de las mujeres rusas
Nació en 1948. Estudió periodismo en la Universidad de Minsk. Fue reportera en la prensa de Narowla durante años. Su primer libro, ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, se publicó en 1985 y se adaptó al teatro el mismo año. La obra fue traducida al esp

Hay muchos periodistas en la nómina del Nobel de Literatura, aunque ninguno hasta ahora galardonado estrictamente por su obra periodística.
De manera formal, tampoco es el caso de Svetlana Alexiévich, distinguida por la Academia Sueca por “su obra polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”; aunque, si nos acercamos a sus narraciones, no encontramos ficción, poesía o literatura dramática, los géneros usualmente valorados como literatura, sino unos relatos casi siempre en primera persona de millares de desconocidos ciudadanos rusos y de las antiguas repúblicas soviéticas, gente común que explica sus propias vidas, emociones, experiencias e ideas.
Los libros de Alexiévich tienen mucho de historia oral e incluso de antropología social, también de memorialismo colectivo o coral, pero son ante todo fruto de un trabajo periodístico. El buen periodista es aquel que sabe preguntar y, sobre todo, repreguntar, hasta extraer el máximo grado de verdad de sus entrevistados. La Nobel bielorrusa, además de poseer el don de hacer hablar a la gente hasta confiarse a su interrogadora, tiene la virtud antiperiodística de la paciencia. Su trabajo es persistente y lento. Charla con sus testigos durante meses en entrevistas sucesivas, repasa las transcripciones de las grabaciones una y otra vez, y deja, al final, que reposen durante años hasta componer, mediante un trabajo de montaje narrativo muy cuidado, esos libros polifónicos sobre los grandes acontecimientos trágicos del pasado soviético.
Y es que ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, obra que se publicó en castellano tras el triunfo de la autora, es un homenaje al esfuerzo y a la paciencia, pues los testimonios fueron recolectados durante varios años y guardados como tesoros.
Los testimonios narran historias individuales, pero están estructurados en la obra de acorde a la cronología de la guerra.
Sin embargo, son algo más que solo historias. Son testimonios que también sirven de advertencia respecto a la naturaleza humana y a las pretensiones prometeicas; a los males que se derivan del culto al Estado y de la disolución de la personalidad individual en el sujeto colectivo; o al descontrol de la ciencia cuando cae en manos ineptas e irresponsables, sin aprecio alguno por la vida humana.
La obra de Alexiévich es también una revancha del periodismo, que busca las fuentes más modestas y las experiencias más sencillas para explicar lo que fue silenciado durante las siete décadas soviéticas.
Y es que, hasta ahora, las obras que la escritora ha trabajado se enfocan sobre todo en la violencia, pero también en el trágico final del sueño ruso y en las repercusiones de estas pérdidas. Entre ellas se encuentran la catástrofe de la central nuclear narrada en ‘Voces de Chernóbil’ y el hundimiento de la Unión Soviética misma, en ‘El fin del Homo sovieticus’.
Suya es también la obra ‘Los muchachos del zinc’, libro sobre la última guerra soviética, la de Afganistán, en la que murieron 50.000 jóvenes soviéticos y precedió en poco tiempo al hundimiento del comunismo.
Esta no es una literatura amena ni de entretenimiento. Como las literaturas del Holocausto o del Gulag soviético, géneros bien característicos del sangriento siglo XX, estas son narraciones estremecedoras, más para el llanto que para la alegría de la lectura, y todo lo contrario del periodismo efímero y frívolo. Estas narraciones verdaderas, que dan voz e identidad a millares de personas, pertenecen a una especie de periodismo profético y trágico, que nos proporciona visiones del apocalipsis en pleno siglo XX e incluso nos advierte respecto al futuro a través de las estampas soviéticas de la guerra o de la catástrofe.