Formar maestros que cambien el mundo: el compromiso de las universidades
Las universidades buscan preparar docentes con conocimiento no solo en ciencias sino también en áreas emocionales

Docentes. Las instituciones superiores tienen el objetivo de formar profesionales en pedagogía en distintas áreas de conocimiento y emocionales.
La formación universitaria del docente del siglo XXI ya no puede limitarse a la transmisión de conocimientos teóricos. Hoy más que nunca, las universidades enfrentan el reto de preparar profesionales capaces de liderar entornos educativos diversos, emocionales y en constante cambio. Noemí García Sanjuán, directora de Desarrollo Académico Internacional de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades de la UNIR, lo afirma con claridad: “Desde la universidad debemos formar educadores que entiendan que el aula es un ecosistema humano, no solo un espacio para alcanzar metas académicas”.
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En ese sentido, la planificación estratégica se vuelve una herramienta esencial para anticiparse a los desafíos pedagógicos. Este tipo de enfoque no solo busca mejorar la calidad educativa, sino que promueve un acompañamiento integral en los procesos de aprendizaje. “La calidad está vinculada al desarrollo cognitivo, emocional y social del estudiante. Los docentes deben estar preparados para abordarlo desde una mirada integral”, recalca García Sanjuán, quien insiste en la importancia de conectar la enseñanza con el contexto familiar y social del alumno.
El bienestar emocional se posiciona como un pilar clave en este proceso. Un maestro universitariamente preparado reconoce que el aprendizaje difícilmente ocurre en entornos que no son seguros emocionalmente. “En espacios donde los estudiantes no se sienten seguros, las áreas cerebrales que favorecen el aprendizaje se inhiben”, explica la experta. Por ello, las universidades deben formar profesionales capaces de construir espacios educativos seguros, donde el docente sea no solo guía, sino también figura de apoyo y contención.
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Además, el futuro docente debe ser consciente de la riqueza de la diversidad en el aula. Estilos de aprendizaje distintos, habilidades diferenciadas y necesidades especiales no pueden verse como obstáculos, sino como parte del proceso. “Una mirada inclusiva nos permite entender la diversidad como algo natural. Transmitir eso al estudiante también es parte del rol del educador”, afirma García Sanjuán. Este enfoque requiere preparación universitaria específica y un compromiso continuo con la actualización profesional.
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En un entorno globalizado y altamente tecnológico, las instituciones formadoras tienen que cultivar habilidades como el pensamiento crítico, la adaptabilidad y la empatía. “Nuestra responsabilidad como educadores es seguir actualizándonos y conectados con las realidades del alumnado y sus familias”, sostiene la vocera de UNIR. La universidad no solo debe entregar conocimientos, sino también formar una conciencia ética y sensible a los cambios del mundo actual.
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