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La farsa del correato
Pensé titular esta columna como Política y propaganda, para recordar un año más del 30S, pero ahora sin la presencia ni incidencia del dominio de un líder tóxico, que creó el correato. Ese fue un tiempo en el que propaganda y política se fundieron en una síntesis diabólica, perversa y destructora de la conciencia social, política, cívica y patriótica del país. Si aún siguieran en el poder habrían presentado nuevamente la farsa de Megan, la niña creada en el útero maligno de aquellos a quienes solo les interesaba la Revolución de la corrupción. Y nada más. Pero en este paréntesis, con el país endeudado, el fisco sin un centavo y literalmente saqueado -porque los corruptos del correato se alzaron con todo-, debemos aprovechar para comprender por qué la RC fundió y confundió política y propaganda, dando como resultado el coctel venenoso de lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal” y que un grupúsculo de fanáticos llama socialismo del siglo XXI. Creo que es el momento necesario para repensar la política y lo político como hechos y procesos de la realidad social, los cuales deben ser comprendidos sin el sabor-olor pervertido que le ponen los marqueteros y los genios malignos de la propaganda, pues ante la proximidad de las elecciones seccionales, ya comienzan a utilizar las mismas técnicas del correato para pervertir la política y a los políticos, presentándolos como angelicales, auténticos, honrados e inmaculados. No debe, por lo tanto, llamarnos la atención que uno de los aliados del correato corrupto, que ayer fue firme defensor del líder tóxico, hoy nos ofrezca un “dragado imaginario” del río Guayas, ya que nadie ve la draga, empresa o grupos de trabajadores realizando tal tarea. Sin embargo, la propaganda habla de una obra que no existe. Igual que Correa. Y es que el correato no se agota en la toxicidad que dejó en la perversión de la política por la propaganda, los actos de corrupción y el cinismo con el que hablaba, pues es un modo inauténtico y dañino de hacer política y de ser político. Por eso lo mejor que podemos hacer es tomar conciencia de cuánto la propaganda daña la política y pervierte a los políticos. Esto significa que aún estamos en tiempos del correato, sin su voz ni presencia tóxica.