Esther Cuesta vive un delirio ucraniano

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Esther Cuesta vive un delirio ucraniano

Crónica. La legisladora correísta quiere llevar a juicio político al ministro más eficiente del Gobierno por el más claro de sus éxitos

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Correísta. En esta foto de su propia cuenta de Twitter, la asambleísta aparece entre los padres que esperan a sus hijos, el 4 de marzo, en el aeropuerto.TWITTER ESTHER CUESTA

Crónica.

Si alguna acción admirable cabe atribuir al gobierno de Guillermo Lasso es el rescate de los ecuatorianos atrapados en la guerra de Ucrania. Fue un operativo impecable: la Cancillería movilizó a sus cónsules en Europa, envió a un viceministro a Polonia, instaló un cuarto de guerra en Quito con decenas de funcionarios trabajando sin descanso, coordinó acciones con Hungría, España, México, Rumanía..., y consiguió repatriar, en tres vuelos humanitarios entre el 4 y el 14 de marzo, a 639 personas de las que no se tenía registro previo, más 46 perros, 42 gatos y un hurón que no entraban en los cálculos de nadie. La mayoría (de los repatriados humanos, se entiende) eran estudiantes; que un tercio no tuviera pasaporte complicó las cosas. Ningún otro país de América Latina realizó un esfuerzo remotamente comparable en el caos de la guerra. Este viernes, la Asamblea Nacional llamó al artífice de la hazaña, el ministro de Relaciones Exteriores, Juan Carlos Holguín. ¿Para condecorarlo? No. Para decirle que será sometido a juicio político por ineficiente, por inútil, por inepto, por incompetente, por burlarse de los ecuatorianos repatriados y porque el cargo le queda grande. Todo lo cual fue pronunciado con una vehemencia, una iracundia y un odio en la mirada que ponían la piel de gallina. ¿Descabellado? No: es la Asamblea siendo la Asamblea bajo la nueva mayoría del correísmo y Pachakutik.

En el fondo de este asunto se encuentran los delirios de una legisladora correísta. Como representante de los ecuatorianos en Europa, Esther Cuesta se sintió llamada, desde el primer día, a desempeñar un papel protagónico en la crisis de Ucrania. El 4 de marzo, cuando el primer vuelo humanitario con 246 ocupantes aterrizó en el aeropuerto de Quito, ahí estuvo ella, colada entre los padres que esperaban a sus hijos, tratando ostensiblemente de ser notada, fotografiándose, grabando videos en los que parecía atribuirse el logro de la empresa, mientras el propio canciller evitaba la ordinariez de acudir al lugar para sacarse la foto (cosa que nadie le habría reprochado).

Era evidente que los padres ahí reunidos no habían visto a Cuesta ni en pelea de perros. Pero ella trabaja. Como esos incansables abogados de las películas de Hollywood que buscan clientes en las áreas de emergencia de los hospitales. Hoy, cuatro meses después, Cuesta ganó para su causa a una treintena de esos padres. Con ellos exige al Gobierno una solución para el problema de las carreras universitarias truncadas de sus hijos. Y como Juan Carlos Holguín, claro, tiene todas las competencias en la materia, el viernes acudieron todos en manifestación hasta la puerta de la Cancillería. Desde ahí, con barra propia, Cuesta participó en la sesión del Pleno, que era virtual.

“¡Me encuentro afuera de la Cancillería donde no nos han dejado entrar!”, clamaba. Y cuando el ministro bajó precisamente para decirle que pasara: “¡¡El canciller está interrumpiendo mi intervención!!”, siguió quejándose. Todo a los gritos, enardecida, destemplada, en un estado de ánimo incompatible con la serenidad que requiere la expresión articulada de ideas: “¡Aquí ya nadie quiere hablar de las grandes cosas, de los vuelos humanitarios! ¡Esa era la obligación del Estado! ¡Hoy los jóvenes necesitan continuar sus estudios en un país donde muchas veces prefirieron quedarse, en Ucrania, estar en una guerra que venir, que regresar al país donde no hay oportunidades, donde no hay acceso a la educación!”. Un poco más y los manda de vuelta. A Mariupol University o lo que quede de ella.

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“Quiero pedirles que nos pongamos en el lugar de los padres, estos padres, con enorme sacrificio, con enorme sacrificio, vean sus caras, con enorme sacrificio...”. No sabe bien cómo continuar. Afortunadamente, los padres arrancan a gritar rítmicamente y ella se les une: “¡Queremos un cupo! ¡Queremos un cupo! ¡Queremos un cupo!”. Y así termina su exaltado discurso.

Esther Cuesta es genial. Si en marzo se atribuía el éxito de la repatriación de los ecuatorianos en Ucrania, hoy alega que los repatriados lo fueron a la fuerza. Lo escribió el jueves en un tuit: “Decenas de jóvenes retornaron forzadamente de Ucrania”. Tal cual. Les pusieron una pistola en la cabeza y los metieron en el avión a empujones. Como se ve, todo en ella es excesivo, delirante.

En su mismo nivel se situaron los asambleístas que la secundan en su intención de llevar a Holguín a juicio político. La vicepresidenta de la Comisión de Relaciones Internacionales, Jéssica Castillo, de Pachakutik, convirtió a los estudiantes ecuatorianos rescatados de Ucrania en “los jóvenes de Ucrania que están aquí varados en nuestro país”. El correísta Gustavo Mateus dijo que “los vuelos humanitarios generaron grandes incógnitas y malestar”; y que aparte de esos vuelos (esto es alucinante) “no hubo un plan general de socorro”. O sea: no se ejecutó rescate alguno, nomás se los trajo de vuelta.

La indescriptible Pamela Aguirre puso sobre la mesa otro tema para el juicio político: acusa al canciller de haber adoptado una posición frente a la invasión rusa de Ucrania. No concibe la correísta que el Ecuador se oponga a Rusia, una potencia que nos compra tantas flores, tanto banano y tantas otras cosas. Es su particular manera de “poner al ser humano sobre el capital”, como pregona su partido: “Yo estoy en contra de todas las guerras, pero sí defiendo una política comercial del Ecuador”.

Por lo demás, nadie (con excepción del propio canciller) dijo una palabra sobre los aspectos verdaderamente problemáticos de la repatriación de ecuatorianos. Ya es bastante sospechoso el hecho de que la colonia de estudiantes latinoamericanos más numerosa de Ucrania fuera, por mucho, la del Ecuador: el 38 por ciento frente al 20 de Brasil, el 9 de México o el 4 de Argentina. Que un tercio de ellos no tenga pasaporte porque se los quitaron las agencias que les organizaron el viaje ya es francamente irregular. Algunas familias pagaron hasta 8 mil dólares para enviar a sus hijos a estudiar allá, pero no tienen ningún certificado de sus universidades. En cambio, la abundancia de mascotas, algo poco común entre quienes estudian en un país extranjero, sugiere que estas personas tenían planes de vida a largo plazo en Europa. La Fiscalía está investigando lo que parece, a todas luces, un caso de tráfico internacional de personas. Pero los correístas no lo ven.

El canciller soltó una pista que obviamente nadie se molestó en recoger: “Señora Cuesta -dijo-, tenga la entereza de investigar a quien fue embajador de su gobierno y que fue quien les vendió sueños absurdos, jugando con la vulnerabilidad de estas personas”. Fue una increíble coincidencia que precisamente ese viernes se conmemorara el Día Internacional contra la Trata de Personas. A la comparecencia del canciller ante el Pleno siguió el primer debate de un proyecto de ley contra el tráfico ilícito de migrantes. Pero nadie relacionó una cosa con la otra. Por la noche tuvo lugar una vigilia por los sobrevivientes de la trata y Esther Cuesta compartió en sus redes sociales información sobre el evento. Ni por esas. Aquí hay algo de lo que no quieren hablar los correístas. 

¿Cupos para los repatriados? no es fácil

¿Puede el Gobierno solucionar, con la facilidad que exige Esther Cuesta, el problema de los estudios truncados de quienes volvieron de Ucrania? Hay una serie de complicaciones que ella quizá conoce, pero prefiere callar. Para empezar, está el hecho de que el sistema universitario de Ucrania, atravesado por la corrupción, es probablemente el más desprestigiado de Europa. Con alguna excepción, no son buenas las universidades ucranianas. La Senescyt no reconoce ni homologa los estudios realizados en la mayoría de ellas. Por si fuera poco, la mayoría de estudiantes ecuatorianos en ese país cursaba Medicina, una carrera que no dispone, en el Ecuador, de cupos suficientes para satisfacer la demanda.

Un disparate

Si en marzo se atribuía el éxito de la repatriación de ecuatorianos desde Ucrania, ahora Esther Cuesta dice que ese proceso fue forzado. En realidad querían quedarse. 

Un crimen

Un tercio de los estudiantes ecuatorianos repatriados no tenía pasaportes. La Fiscalía investiga lo que parece, a todas luces, un caso de tráfico internacional de personas.