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La esquiva paz colombiana
Nos alarman los medios de comunicación señalando que “cada tres días es asesinado selectivamente en Colombia un dirigente social por las bandas criminales”, manifestación del nuevo maridaje entre las mafias y disidencias ex -FARC, todo lo cual reseña la fragilidad del proceso de paz colombiano. Se entenderá mejor si comparamos dos largos y complejos procesos de violencia política como el apartheid sudafricano y el proceso de ‘post-paz’ colombiano, suscrito en septiembre del 2016.
Primero, la diferencia está en que el apartheid fue construido e impulsado por un partido político fascista desde el Estado; mientras que las FARC generaron un proceso de insubordinación de clases subalternas, coordinado por grupos intelectuales y políticos de izquierda que, por la prolongación del conflicto, acabó negociando con las mafias del narcotráfico. Esto último complicó más el escenario colombiano haciendo que se entrecrucen una serie de factores políticos, sociales, culturales e, incluso, de creencias y religiosidad, que ha sido hábilmente explotado por la ultraderecha.
Segundo, mientras en Sudáfrica hubo el gran liderazgo y consideración mundial a la ética de Nelson Mandela, en Colombia lo que se observa, desde afuera, son trabas, ambiciones políticas, venganzas y un afán de aniquilar al otro en el conflicto. El enfrentamiento Santos y Uribe genera poco respeto hacia estos dos halcones, este último hasta está formalmente vinculado a una investigación penal por presunto soborno y fraude procesal. Aunque este haya sido el más votado, inspira poca confiabilidad ético-moral su oposición.
Tres, mientras en la negociación sudafricana los líderes del Estado y del Partido Nacional, conjuntamente con Mandela y el Congreso Nacional Africano, implicaron al sistema de partidos y a los medios de comunicación para que se produzca una mayor difusión de la paz y de la reconciliación, en el caso colombiano estos dos poderes fácticos quedaron excluidos.
Finalmente, estos elementos nos presentan una paz esquiva y una reconciliación difícil, pero que Colombia y la región deben lograr.