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Esperanzas de mayo
oí, mientras disfrutaba de un ceviche, a unos entusiastas ciudadanos hablando de política en la mesa contigua. Lo hacían en tono alto, de modo que era imposible no escucharlos, aun sin intentar entenderlos.
Primero fue el tema de Venezuela. Repudiaban al régimen de Maduro con tanta pasión que presumí eran ciudadanos de ese hermano país. No veían salida sin sangre, dado que el gobierno es allí, así lo denominan: cívico-militar. Luego entendí que en este último puerto del caribe que es Guayaquil, resulta posible confundir los acentos cuando los tiñe la pasión convertida en convicción. Después, como era de esperar, entraron a la situación ecuatoriana, pasando por un comentario sobre fútbol. Y entonces, otra vez política. No alargo el cuento. Me puso a reflexionar la siguiente frase:
-Todo puede ser, pero yo quiero mantener la esperanza de que Lenín será distinto.
-Puro cuento, le replicaban. Lo de la comisión anticorrupción es igual que lo del perdón de la multa a los periódicos. Gana de mostrarse distinto porque se sabe de los mismos.
El contrargumento del esperanzado, me resultó conmovedor: -¡Carajo, si no me quieren dejar ni siquiera la esperanza, entonces en qué me sostengo, si todo es una mierda! Déjenme vivir ilusionado un tiempo hasta ver si me defrauda o no.
Luego, pagué y salí. No supe cómo terminó el diálogo que ya estaba aceitado por unas cuantas Club verdes, precisamente. Al color de la esperanza me refiero y no al que tantos destrozos ha causado.
El hecho, más allá de la imparable voluntad de seguir pensando con el deseo, que impide que pongamos manos a la obra y hace que lo radiquemos todo en una especie de apuesta voluntariosa y casi mágica, por el futuro, en vez de pensar, como aconsejaba Tomas Mann en La montaña mágica: “La razón humana (óigase bien, la razón humana) solo necesita querer más fuertemente que el destino y ese es el destino”. El hecho, digo, es que así no llegaremos a ninguna parte y, mientras tanto se disfraza el soborno, se lo califica, al más alto nivel presidencial de propinita y después se culpa a los maestros de no adoctrinar adecuadamente.