Actualidad
Encerrados en Ibarra por el miedo a la xenofobia
La llegada de los venezolanos a Ibarra reactivó el comercio informal, dice Manuel Celín, miembro del Sistema de Comercialización de la ciudad. Él tiene un negocio de zapatos en el Centro Comercial La Bahía y se siente afectado por la baja en las venta

La llegada de los venezolanos a Ibarra reactivó el comercio informal, dice Manuel Celín, miembro del Sistema de Comercialización de la ciudad. Él tiene un negocio de zapatos en el Centro Comercial La Bahía y se siente afectado por la baja en las ventas porque se prefiere comprar a los extranjeros.
Se trata de una “competencia desleal”, dice, al tiempo que aclara que con esto no quiere alimentar la xenofobia que ha inundado las calles de ‘La Ciudad Blanca’.
Desde el domingo en la noche, los venezolanos residentes en Ibarra han vivido una serie de ataques en hostales, viviendas y calles. El femicidio de Diana Carolina Ramírez ha desencadenado —en una parte del pueblo— el rechazo a los extranjeros.
Ellos lo sienten; tienen miedo. Quizás no sea únicamente por este crimen. Una comerciante, que prefiere no revelar su nombre, cree que el rechazo es porque la economía está cayendo y los comerciantes están siendo perjudicados.
Lo que pasa es que los ecuatorianos son muy territorialistas, responde Alberto, un trabajador venezolano que palpó el terror de una turba enardecida. Así como Marcos, otro paisano ha preferido quedarse en casa por el temor a las amenazas.
En el centro de Ibarra está la zona cero de la xenofobia. La calle Obispo Mosquera, el domingo en la noche, fue invadida por cientos de ecuatorianos iracundos que buscaban venezolanos. Los hallaron en un edificio de cuatro pisos y paredes amarillas.
Marcos miraba las noticias cuando un golpe en el portón del edificio, donde vive con dos niños y seis adultos, llamó su atención. Al mirar por la ventana temió lo peor. “Venezolanos asesinos”, gritaba —al unísono— una turba enardecida que tumbó la puerta y llegó a su departamento.
Se ocultaron en un dormitorio, aterrados. Las mujeres y los niños se metieron en el armario mientras los cinco varones empujaban la puerta para que nadie ingresara; lo consiguieron. ¿Fin? En absoluto. Los agresores lanzaron los colchones y la ropa por el balcón. Prendieron fuego y danzaron alrededor. Sin consciencia. Fue el mayor ataque en Ibarra en contra de venezolanos.
Marcos lleva un año en Ecuador. En ningún momento pensó en regresarse, pero hoy esa idea ronda su mente. Con experiencia en arreglo de cocinas, el hombre no ha podido laborar. No es el único. Alberto vive en el mismo edificio y la noche que entró la turba se escondió debajo de la cama. Nunca se sintió a gusto porque, asegura, a diferencia de la gente de su país, el trato brindado por los ecuatorianos no ha sido el mejor. Piensa marcharse.
Él es socio de una tienda y al contrario a lo que piensan muchos ibarreños, él cree que la llegada de extranjeros y su trabajo genera recursos al país.
Muchos ya se han ido de Ibarra. Álex Estrada, a pesar de las recomendaciones de que se resguardaran, quiere seguir luchando en Ibarra.
Como un verdadero héroe, y dejando el miedo a un lado, ha sacado su bicicleta para ayudar a sus paisanos. Los guía, por caminos sin peligro, hacia la vía principal. Huyen. Se montan en buses hacia pueblos cercanos, y otros hacia Otavalo, Quito o Guayaquil.
En un lapso de dos horas, treinta venezolanos abandonaron la ciudad. Fueron muchos más, concluye Álex. Mientras que en las zonas donde se veía comerciantes venezolanos, están vacías. Están encerrados.