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Egipto, pais en venta

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La visita a Egipto, la pasada semana, del rey Salmán de Arabia Saudita se saldó con 22 acuerdos, entre ellos un contrato petrolero por 22.000 millones de dólares, para darle un estímulo a la moribunda economía egipcia. Pero la generosa ayuda no fue gratuita: Egipto tuvo que renunciar a dos islas en el Mar Rojo que le habían sido cedidas por Arabia Saudita en 1950. La transacción reveló que la dirigencia egipcia miente al decir que el país sigue siendo una importante potencia regional. En realidad no puede ni siquiera manejar los desafíos internos que plantea el veloz crecimiento de una población dependiente de subsidios insostenibles, situación que los yihadistas explotan muy bien. ¿Cómo llegó el país a este punto? En 1807, Muhammad Ali derrotó a los británicos y Egipto se convirtió en el primer país árabe en obtener la independencia de facto. Pero el nieto de Ali, Ismail, la dilapidó a fuerza de despilfarro, dando inicio a una dependencia de ayudas externas que persiste hasta hoy.

Actualmente, Egipto también depende de ayudas de Europa y del Golfo Pérsico, que se habilitan a través del Fondo Árabe para el Desarrollo Económico y Social, el Fondo de Abu Dhabi para el Desarrollo y el Fondo Saudita para el Desarrollo. El Fondo Kuwaití para el Desarrollo Económico de los Países Árabes dio a Egipto 2.500 millones de dólares (más del 50 % en subvenciones), lo que hace de Egipto su principal beneficiario. Estas ayudas sostienen la economía egipcia al financiar proyectos de infraestructura y aliviar el déficit presupuestario. También ayudan las ocasionales cancelaciones de deuda. Pero los egipcios apenas oyen hablar de las dificultades económicas de su país. La prensa controlada por el Gobierno exhibe los nuevos puentes y el aumento de la producción industrial, a la vez que destaca el papel de Egipto en los asuntos regionales, como el estancado proceso de paz entre israelíes y palestinos, y la formación de gobiernos en Líbano. Esa propaganda busca sostener el mito de que Egipto conserva una posición exclusiva y poderosa en Medio Oriente. Es verdad que, a diferencia de la mayoría de los otros países árabes (particularmente Líbano y Yemen), en Egipto hay un sentido de identidad nacional que viene del tiempo de los antiguos imperios de los faraones. Pero el relato de preponderancia regional urdido por los líderes egipcios suena cada vez más hueco. Los 750.000 egipcios que cada año terminan la universidad quieren empleos, no promesas vanas basadas en las glorias del pasado. Los empleados no cualificados de la diezmada industria del turismo añoran la vuelta de los extranjeros. Y los trabajadores fabriles anhelan niveles de producción que el poder adquisitivo de los consumidores locales, desempleados, no puede sostener. En vez de resolver estos problemas, el presidente egipcio Abdel Fattah el-Sisi se vio obligado a ceder territorio a los sauditas a cambio de la ayuda que el país necesita para mantenerse a flote, y fue por ello objeto de escarnio. Pero en el juego de suma cero de la política de Medio Oriente, lo que pierden unos lo ganan otros. Y en el Egipto actual, los que se aprovechan del desencanto popular con el Gobierno son los islamistas radicales.

La dirigencia egipcia aún tiene la legitimidad y la fuerza necesarias para poner límites a este peligroso discurso. Pero para ello, debe reconocer lo que Egipto es, y lo que no es.

Project Syndicate

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