
El efecto chino en el despegue de Trump
A finales de la década de los 90 el Century Furniture, en Hickory, Carolina del Norte, parecía estar protegido de las fuerzas destructivas de la globalización. Trabajadores siderúrgicos despedidos de Virginia Occidental, Tennessee y otros estados llegaban aquí para conseguir nuevos trabajos construyendo camas, mesas y sillas para los hogares estadounidenses. La tasa de desempleo era de menos del 2 %.
Hoy, Hickory aún sufre las secuelas de una serie de crisis económicas que la afectaron desde entonces, ninguna más poderosa que el ascenso de China como potencia exportadora. La invasión de muebles importados quebró fábricas, eliminó miles de puestos de trabajo y contribuyó a que el desempleo superara el 15 % en 2010.
Stuart Shoun, un obrero de 59 años, se quedó sin empleo tres veces desde 1999. Después de uno de esos despidos, se puso a estudiar Arquitectura, pero no pudo encontrar trabajo y regresó a la industria de los muebles. Ahora gana $45.000 al año, lo mismo que hace casi 20 años y $14.000 menos después de ajustar ese valor por inflación. Su hijo Steven es un tapicero que desalienta a su propio hijo de trabajar en la industria que dio a Carolina del Norte el mote de ‘Capital Mundial de los Muebles’. Steven dice que su padre culpa a “la gente que dirige nuestro país y nuestras empresas” por los males económicos de Hickory.
Ambos apoyan la candidatura de Donald Trump a la presidencia, a pesar de que no tienen intención de votar. “No creo que un voto haga diferencia”, dice Stuart Shoun.
Cuando el auge de importaciones de Japón, México y los ‘Tigres’ asiáticos como Taiwán llegó a EE. UU., muchas ciudades y pueblos fueron capaces de adaptarse. Pero con China fue un caso diferente. Su surgimiento como potencia comercial sacudió a la economía estadounidense con más violencia que la que los economistas y las autoridades fueron capaces de prever y aun de entender hasta muchos años más tarde. La mano de obra de EE. UU. se adaptó a los cambios más lentamente de lo que se esperaba.
Lo que ocurrió con las importaciones chinas es un ejemplo de cómo gran parte de la sabiduría económica convencional que imperaba a finales de 1990 -incluyendo el papel del comercio internacional, la tecnología y los bancos centrales- se ha ido desmantelando.
Las consecuencias de esta transformación están sembrando un profundo descontento político en EE. UU. en este año electoral. La desilusión con la globalización ha alimentado una de las temporadas políticas menos convencionales de la historia moderna de este país, con el demócrata Bernie Sanders, y sobre todo el republicano Trump, sacando provecho del potente sentimiento adverso al libre comercio.
Ambos candidatos presidenciales dirigieron gran parte de sus críticas al Tratado de Libre Comercio de América del Norte de 1994, que impulsó las importaciones desde México. Pero el verdadero culpable, aun en aquel entonces, fue China, dicen hoy los economistas.
Muchas fábricas que se trasladaron de EE. UU. a México lo hicieron para igualar los precios de China, y algunas de las nuevas fábricas mexicanas ayudaron a mantener empleos al norte de la frontera. Por ejemplo: telas hechas en EE. UU. se convierten en prendas de vestir en México que luego son vendidas alrededor del mundo por empresas estadounidenses.
David Autor, un economista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), llama a la economía de China una “roca de 500 toneladas parada sobre una cornisa”. En algún momento se va a caer y aplastará todo lo que está por debajo de ella. “Simplemente no sabemos cuándo” ocurrirá, dice.