El fin de la dictadura

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El fin de la dictadura

Acabo de estar en Quito. Por convocatoria del CNE un grupo de ecuatorianos se reunió a comienzos de la presente semana para proponer reformas, estimadas como necesarias, al denominado Código de la Democracia. No faltó quien plantee que reformar el actual código no nos libra de sus perversas aspiraciones: preservar la dictadura favoreciendo sus consecutivas victorias electorales. Por tanto, antes que pensar en reformarlo habría que trabajar en elaborar uno nuevo.

Por el estilo, se suceden las reuniones tratando de “descorreizar” a la República. Se dice, por parte de quienes defienden y justifican la lentitud con que dicho proceso se desarrolla, en caso de que así esté sucediendo, que no se puede desmontar en poco tiempo lo que se construyó durante más de una década. ¿Cuánto tiempo es necesario, pregunto yo? Y como no tengo una respuesta adecuada me fabrico una.

Ahí se las presento: se puede disponer de todo el tiempo del mundo y de todos modos no se avanzaría nada en el afán de restaurar la relativa calidad democrática de la nación. Ya hemos adelantado unas cuantas reformas en unos determinados textos legales y todo sigue igual o peor que antes. La libertad de prensa de que ahora se goza no fue producto de las reformas a la Ley Orgánica de Comunicación, fue el resultado de la voluntad del presidente Moreno de ponerla en vigencia tácitamente. De modo que bien podríamos continuar o no con los intentos de reformas al aparato legal de la dictadura que, en el mejor de los casos, solo perfeccionaríamos el sofisticado gatopardismo que ahora se vive.

En la práctica, en nada avanzaríamos sino cambiamos el orden jurídico maléfico que nos rige desde su raíz, esto es cambiando la Constitución de Montecristi, que es el texto donde se consagra toda la armazón que sustenta la perversa estructura que mantiene reinando a una grosera impunidad a pesar de todos los discursos contra la corrupción.

Si no nos libramos de las ataduras de Montecristi será imposible terminar con el fétido olor a totalitarismo que aún infesta a la República. No nos queda otra. Aceptémoslo sin miedos.