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Arturo Moscoso Moreno | ¿Servirá el Escudo?

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Pretender enfrentar esto sin que participen sus principales nodos es como querer arreglar una fuga de agua secando el piso

La iniciativa del Escudo de las Américas suena, en principio, razonable. Si el narcotráfico es un fenómeno transnacional, la respuesta también debería serlo. Que cada país lo combata por su cuenta no parece muy lógico cuando las redes criminales operan sin fronteras y se adaptan con una rapidez que los Estados rara vez logran. Así, cualquier intento de cooperación regional merece, al menos al inicio, un voto de confianza.

Ahora, si se habla de una alianza hemisférica contra el narcotráfico, sorprende que no estén dos piezas fundamentales. Colombia sigue siendo el principal productor de cocaína del mundo y México es el territorio donde operan los grandes carteles que controlan buena parte del negocio. Y sin embargo ninguno de los dos estuvo presente. Entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿qué tan efectivo puede ser un escudo contra el narcotráfico sin esos países?

La cocaína colombiana sale en gran medida por Ecuador, donde los grupos criminales locales funcionan como brazos armados de organizaciones mexicanas. Pretender enfrentar ese circuito sin que participen sus principales nodos es como querer arreglar una fuga de agua secando el piso.

Además, la experiencia reciente tampoco invita al entusiasmo desbordado. Hace poco estuvieron en Ecuador Marco Rubio y Kristi Noem hablando de cooperación en seguridad. También se ha mencionado la posibilidad de abrir una oficina del FBI en el país. Todo eso puede ser positivo. Pero la realidad es que los índices de violencia no remiten. El Escudo podría terminar siendo útil si la cooperación prometida se traduce en hechos. Si queda en discursos, será apenas otro nombre más en una larga lista de iniciativas bien intencionadas.

Y entonces, ¿servirá el Escudo? Tal vez. Aunque también hay que admitir algo incómodo. Mientras exista una economía global de la droga con ganancias gigantescas, los carteles siempre tendrán más recursos para adaptarse que los Estados para perseguirlos. Por eso quizá el problema no sea solo cómo combatir la droga, sino si el enfoque con el que se está abordando el problema sigue teniendo sentido.