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Dialogos con el pueblo

Diálogo entre “el pueblo” y un “sabiondo”. -EP: Hermano... ¿qué es esto? Está mal. En el plebiscito del 2002 en Gibraltar le hicimos la casita al Gobierno inglés y al español, que habían acordado la “soberanía compartida”. Dijimos no. En 1995 mi familia en Quebec decidió seguir formando parte de Canadá en una consulta vital para la nación. -S: Así es. En todos los países se consulta al pueblo UNA decisión trascendental que el Gobierno no debe tomar por sí mismo, no un pliego de preguntas. Una consulta no es un cuestionario. Hacer un “listado” para lograr la adhesión de las masas es simple manipulación al estilo Goebbels, igual que antes. La sola idea apesta. Revisa los plebiscitos a nivel mundial y no encontrarás esta práctica tribal en ningún país desarrollado. Ya se habla de una “agenda oculta” destinada a distraernos del que sigue libre, dándose la gran vida gracias a sus “ahorros”, mientras transfieren la plata de unas cuentas a otras para que sea más difícil rastrearla. Les estamos dando tiempo para que se siga esfumando el dinero. -EP: ¿Tú crees entonces, que esto no es sino una magistral estrategia de distracción? -S: No importa lo que yo crea. Si me dices :“hay que rastrear el dinero” y no envías a nadie a Catar, Dubái o Irán a buscar la plata, siento que me estás viendo la careco. Y si luego me dices lleno de indignación que “nunca más los niños” abusados deberán soportar la prescripción del delito, cuando eso solo requiere una reforma legal que no necesita consulta, la manipulación tiene un tufo mayor. Hiede. No se puede jugar con el apoyo popular. Puede cambiar de un día a otro. -EP: Ya no jod... Cállate. Ya demostraste que eres inteligente. Él quiere hacer lo correcto. Dale chance. Se necesita impedir que el man regrese. Eso justifica todo. -S: Solo si lo haces bien. El referéndum es inconstitucional pues altera la estructura fundamental de la Constitución. Recuerda que Aticus controla ONU y CADH. -EP: Soy la voz de Dios. No me equivoco. -S: Todo el mundo se equivoca si lo inducen a hacerlo. Pero ahí está la salida: echémosle la culpa a los asesores.