Dialogo

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Dialogo

Veo declaraciones de la expresidenta del Legislativo, Gabriela Rivadeneira, aclarando la equivocada percepción (repito nomás) de que cierto grupo de AP se opone al diálogo.

Dice el dicho que explicación no pedida es responsabilidad asumida, de donde me queda claro que la población está teniendo dificultades para confiar en quienes han insultado como, tristemente incluso, la misma señora Rivadeneira lo hizo en los micrófonos.

En su libro Negociando lo no negociable, Shapiro enuncia con claridad tres recomendaciones para lidiar con conflictos en apariencia intratables. La primera es evitar ser connotado negativamente: evitar ser convertido en el villano de la narrativa social. Con miopía, quienes se acostumbraron a insultar lo hicieron cuando tenían el poder absoluto, de donde poco o nada les interesaba ser percibidos como enemigos del diálogo.

No insinúo que Rivadeneira, AP o sus ofertas de diálogo han perdido para siempre la connotación positiva, pero tendrán que trabajar más duro que otros para su recuperación.

El sector empresarial organizado ha tenido la virtud de mantener en alto una bandera que lo distingue y que, finalmente, le rinde sus frutos, aunque esta primera cosecha haya salido un poco maltrecha. Repetir hasta el cansancio la palabra diálogo (desde la época Correa) y mantener la altura de sus reivindicaciones lo hizo apto y deseable en la primera gran mesa de negociación que abrió el Estado en una década.

Aunque algunas negociaciones se ganan y otras se pierden, estas son buenas noticias porque no hay país que camine al desarrollo cuando sus principales representantes se insultan y se niegan puestos en la mesa de negociación.

No hace falta abundar en las condiciones que creó el antiguo régimen para que la gente produzca nuevas connotaciones sobre el conflicto social y sus representantes. La palabra diálogo no ha de significar lo mismo cuando la balbucea un dinosaurio (suponiendo que alguien la entienda así), cuando la significa un chimpancé, cuando la ofrece un asaltante con un arma en la mano, un político, un médico, un maestro o tu hermano.