Un dia en el Aquarius

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Un dia en el Aquarius

Brilla el sol, el mar está tranquilo y una leve brisa llega de las costas libias, que se perciben a lo lejos, cuando la tripulación del Aquarius recibe una primera alerta: una lancha con migrantes está en dificultades. Otro día de rescates comienza.

Un día en el Aquarius

Brilla el sol, el mar está tranquilo y una leve brisa llega de las costas libias, que se perciben a lo lejos, cuando la tripulación del Aquarius recibe una primera alerta: una lancha con migrantes está en dificultades. Otro día de rescates comienza.

“Hoy vamos a estar desbordados”, asegura Alexander Moroz, capitán bielorruso de este barco fletado por SOS Mediterráneo y Médicos sin Fronteras MSF), para acudir en ayuda de las precarias embarcaciones.

Más de 3.000 migrantes fueron socorridos el martes frente a las costas de Libia, lo que eleva el total en las últimas 48 horas a 5.600 socorridos.

El martes por la mañana, menos de dos días después de su partida de Sicilia, el Aquarius es enviado a hacerse cargo de los pasajeros de una lancha avistada a hora y media de navegación.

En el puente del barco, el equipo de socorro de SOS Mediterráneo se prepara. El Aquarius, que patrulla desde fines de febrero, ya ha socorrido a más de un millar de migrantes. Su personal hace rotaciones de tres a seis semanas, y muchos acaban de llegar.

“Nunca se llega a tener suficiente experiencia para estar listo ante cualquier eventualidad”, murmura Christian Bahlke, el jefe de misión. A sus 59 años, lleva tiempo trabajando en el mar y encuentra aquí la forma de combinar esta experiencia con el deseo de hacer algo ante los múltiples dramas de los migrantes.

Pasan pocos minutos de las 10:00. El navío está a la vista. Apenas una fina línea blanca en la enorme extensión azul...

Otro barco ya ha distribuido a sus ocupantes chalecos salvavidas y avisa que hay un niño enfermo, un pequeño camerunés de 2 años, hambriento, deshidratado y que sufre una neumonía que preocupa al equipo médico de MSF.

Rápidamente, la lancha del Aquarius regresa con otros 15 niños, algunos muy pequeños, que hay que instalar en una pieza del barco e intentar tranquilizar a la espera de que sus madres lleguen en la próxima rotación. Al fin llegan estas mujeres, descalzas, exhaustas, y son llevadas al interior. Luego las lanchas traen a los hombres, algunos muy debilitados. Deben instalarse en el puente. Franck Kameni, camerunés de 29 años, acaricia a Josué, su hijo de 11 meses. Habla de los secuestros padecidos durante los meses que estuvo en Libia. “Aquí, al fin la vida, al fin, somos hombres otra vez”, susurra. Lo interrumpe el zumbido de un helicóptero de la marina italiana que viene a evacuar al niño en estado crítico.

Angelina Perri, una comadrona italiana, se agita en medio de los niños. Mary Jo Frawley, enfermera californiana, distribuye pastillas contra el mareo. Ambas son veteranas y han vivido varias crisis, de Sudán a Nepal, pasando por la isla de Lampedusa, entre Libia y Sicilia, o los centros de cuidado de los enfermos de ébola.

En el puente de mando, el capitán se apresta a poner en marcha los motores: los guardacostas italianos -que coordinan todos los rescates- han pedido al Aquarius que vaya a recoger migrantes rescatados horas antes por un remolcador de una plataforma off-shore.

Ahí también hay muchos niños y mujeres. Todos son originarios del oeste de África o del Cuerno de África, todos están agotados. Jamás el Aquarius ha recibido al mismo tiempo tanta gente a bordo.

A las 19:30, una vez todos a bordo, el capitán explica a los guardacostas que con un total de 385 pasajeros, el Aquarius ya está completo.

En una de las pantallas del puesto de mando aparece un nuevo mapa: el puerto de Cagliari, que acaba de serle designado al Aquarius para desembarcar a todos estos hombres, mujeres y niños que buscan una nueva vida. Serán dos días más de navegación.