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Y despues de las elecciones, que
Somos esclavos de la reputación, en cada una de nuestras actividades se ve plasmada de manera concreta cual huella imborrable en nuestras conciencias, las cuales se balancean en el fiel de la báscula social.
La honestidad parte del principio del servicio sin interés. La reputación es parte integral de la confianza y por consiguiente parte proporcional del buen talante, englobada en la cualidad humana de actuar de acuerdo al modo de pensar. Esto viene a colación por la llamada democracia que practicamos. Conocemos que es el sistema político que defiende la soberanía del pueblo y su derecho a elegir y ser elegido, y el de controlar a sus gobernantes. Nosotros tenemos variantes del concepto básico, llegando o poniendo al pueblo demócrata en una encrucijada, en la que algunos ciudadanos piensan que les asiste el derecho de conducir, mandar o gobernar, colocándose en puestos estelares de elección popular, sin promediar si su conducta y reputación, su capacidad intelectual, física y cognitividad social se lo permiten. Así tenemos que personas imbuidas de la creencia de que son líderes o caciques se hacen rodear de personas desocupadas a las que manejan a su antojo, haciéndoles recoger firmas bajo la engatusante: “regáleme una firmita”. Estos seguidores permanecen ahí porque algo les pagan y saben, mientras los inversionistas políticos muy prestos crean un movimiento o un partido. Pero al momento de las elecciones no votan por el indicado sino por otro; testigos fuimos en la última contienda electoral que contó con 80.281 candidatos. En los recorridos de los candidatos se escuchaba decir por parte de los espectadores de estas caravanas: “En la próxima contienda si tengo plata me lanzo”. O sea ya no es como antaño que caballeros probos eran visitados por grupos de ciudadanos, quienes les pedían y hasta les rogaban que aceptasen tal o cual candidatura. La mayoría se negaban por variadas ocasiones. Tenemos el caso cercano de don Armando Romero R. (+), conocido radiodifusor; esa actitud demuestra una gran responsabilidad para con la patria y por ende con su pueblo.
Lo acontecido nos conduce a un dilema: la política en el Ecuador tiene ideales, fundamentos filosóficos, doctrinas, líneas ideológicas definidas o es un gran negocio en que se invierte a la segura. Perdiendo ganan, como dice el pueblo, ya que pactan entre sí. El triunfador a “los derrotados” les recompensa los gastos con cargos, contratos de obras o de estudios de precalificación o prefactibilidad y así un largo etcétera.
La Asamblea Nacional a esta deformación le debe dar el tratamiento respectivo. Coger el toro por los cuernos como verdaderos políticos, para que no exista esa especie de burla de traslúcida politiquería. La solvencia del país se afianza en una política y políticos coherentes, honrados, cívicos y patriotas.
Antonio Jijón Sánchez