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Desconfianza en Oriente Medio

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Es difícil no ver la desconfianza que impregna a las sociedades de Oriente Medio. Como lo confirman experimentos controlados, los árabes tienen sustancialmente menos confianza en los desconocidos, extranjeros o del propio país, que los europeos. Esto dificulta el progreso en muchos frentes, desde el desarrollo comercial hasta las reformas gubernamentales. Las sociedades con bajo nivel de confianza tienen una participación desproporcionadamente menor en el comercio internacional y atraen menos inversiones. Según la Encuesta Mundial de Valores e investigación relacionada, la confianza entre los individuos en Oriente Medio es lo suficientemente baja como para limitar las transacciones comerciales a aquellas personas que se conocen entre sí, personalmente o través de conocidos en común. Por su falta de confianza, los árabes muchas veces desaprovechan oportunidades potencialmente lucrativas de beneficiarse a través del intercambio. De la misma manera, en su relación con las instituciones públicas: tienden a buscar la intermediación de un individuo con el que tengan algún tipo de conexión personal. Una de las consecuencias son inequidades en lo que la gente puede esperar de esas instituciones. Eso mina su efectividad. Claramente, hay una necesidad de encarar el déficit de confianza de Oriente Medio. Un primer paso sería entender sus causas y una clave potencialmente importante reside en la diferencia entre las percepciones de los musulmanes y los cristianos. No existen datos oficiales que cuantifiquen el déficit y en la mayor parte de Oriente Medio quedan muy pocos cristianos como para hacer comparaciones estadísticas relevantes. Pero la evidencia casual sugiere que los clientes, comerciantes e inversores de la región por lo general consideran a los cristianos locales mucho más confiables que a los musulmanes locales. “Siempre ha sido así”, dicen. Cuando un musulmán y un no musulmán se enfrentaban en un juicio, el musulmán gozaba de ventajas significativas, como la formación de los jueces, que los predisponía a darle el beneficio de la duda a un sujeto musulmán; además, el personal de la corte era enteramente musulmán, lo que implicaba que el testimonio era visto exclusivamente desde una perspectiva musulmana y, mientras que los musulmanes podían atestiguar contra cualquiera, los cristianos y los judíos solo podían hacerlo contra otro no musulmán. Pero estas ventajas tenían una contra. Como el sistema legal les facilitaba a los musulmanes romper contratos con impunidad, estos se sentían tentados a no pagar sus deudas e incumplir con sus obligaciones como socios comerciales y vendedores. Mientras que los no musulmanes, cuyas obligaciones eran impuestas con mayor vigor, se ganaban la reputación de confiables. Los prestamistas, predominantemente musulmanes, cobraban alrededor de dos puntos porcentuales menos por el crédito a prestatarios cristianos y judíos que a musulmanes (15 % anualmente, comparado con 17 %).

La ley islámica por ende debilitó a las comunidades musulmanas que pretendía proteger. Ahora que varios movimientos políticos están intentando reimponer la Sharia, es más importante que nunca reconocer el daño a largo plazo causado. Lo que necesita Oriente Medio no es la ley islámica, sino esfuerzos de amplio alcance para reconstruir la confianza entre las comunidades y dentro de ellas, así como entre las organizaciones privadas y el Gobierno.

Project Syndicate

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