Actualidad
Cuatro horas de encanto latino
El cautivante concierto de Luis Fonsi estuvo precedido por el talento y entrega en el escenario de Daniel Betancourth y el grupo Bacilos.

Lo que parecía ser un show destinado a poco público terminó por repletar el coliseo Voltaire Paladines Polo la noche del sábado. Por respeto al público que acudió puntualmente, el concierto empezó a las 20:04 con Daniel Betancourth como primera estrella.
Para ese momento únicamente la localidad de general lucía llena. Con saco y corbata, el guayaquileño y sus siete músicos pisaron con fuerza el escenario. La conexión se dio de entrada con Dártelo todo.
La euforia y los gritos se acentuaron más cuando el solista replicó a la audiencia “quiero escuchar a la gente”. Motivación suficiente para disfrutar de Exótica, Bella, el tema original de Manuel Mijares; Uno y No me pidas tiempo. Con guitarra en mano regresó a sus inicios con Seductora, la canción que lo dio a conocer.
A esta le siguieron Déjala y Caramelito. Para ese instante, la formalidad, ya era historia, sin chaqueta y con la basta del pantalón subida al tobillo, y vueltita incluida a petición de las mujeres, la histeria se apoderó de ellas a las que bastó preguntarles una sola vez.
“Quiero verlas, ¿dónde están?”. De pie y sobre las sillas (las de top box y golden box) corearon todas las melodías de Betancourth, como ahora se hace llamar. Habiendo logrado su propósito de encender almas y corazones se despidió a las 20:49 con Tus colores.
Veinte minutos después, el grupo Bacilos tomó la posta. No había cómo distraer la atención del público, así que la efervescencia continuó cuando Coqui Villamizar convirtió el coliseo en una enorme pista de baile.
Para ese momento todas las localidades estaban repletas. El ritmo descargó desde el comienzo con Por hacerme el bueno, Bésela ya y Pasos de gigante, que acentuaron la fiesta. Luego del saludo respectivo, Villamizar deleitó con Porque brillamos y Guerras perdidas.
Cantó a dúo con Betancourth el exitazo continental Tabaco y Chanel. Pero sin duda la parte más emotiva fue su tributo al salsero Luis Enrique con Nada especial y Yo no sé mañana. Los gritos eran incesantes y el sandungueo prosiguió con los envolventes Caraluna y Mil primer millón, que consagraron a la banda a inicios del nuevo milenio.
Evocó así la nostalgia en un auditorio formado en su mayoría por público entre 30 y 40 años, que recordó la presentación de Bacilos en la Feria de Durán. Se despidieron dejando un buen sabor en la boca, pero la gente estaba insaciable de más música y el plato fuerte tuvo que hacerse esperar por 30 minutos.
En medio de un imponente juego de luces, cuatro bailarines y un conjunto musical, el puertorriqueño Luis Fonsi, con pinta de roquero, ataviado de negro y a lo Elvis Presley hasta con copete, pantalones de mezclilla y sonrisa para comercial de pasta de dientes, tomó por asalto la tarima con Corazón en la maleta y Tanto para nada.
“Buenas noches, Guayaquil, qué belleza de público, un placer estar aquí, qué rico es sentirlos, haremos un recorrido por los 20 años de mi carrera”, indicó. Las ovaciones de sus fans le dieron el tiempo suficiente para tomar aire ante tanta emoción y proseguir en su alocución. “Cantaré las ‘cortavenas’ románticas, pero también hay que bailar.
Soy tranquilo, pero me gustan las fiestas”, expresó confiado al notar que miles de almas eran suyas, y cual vampiro las hipnotizó con Llueve por dentro, ¿Quién te dijo eso?, Llegaste tú y Por una mujer. Era necesario una corta transición para un cambio de outift, una camiseta brillante al igual que su repertorio y exponer sus dotes de bailarín, de las que ha hecho gala en los últimos dos años.
Ahí estaban sus verdaderos seguidores, aquellos que apostaron por él mucho antes de Despacito, que lo acompañaron como leales coristas con Se supone, su reciente sencillo Calypso (estrenada en vivo en Ecuador), Party animal y la balada Aquí estoy yo, que interpretó junto a Betancourth.
El clímax llegó con Échame la culpa, su esencial No me doy por vencido, la reciclada Claridad, de Umberto Tozzi, y la tan aclamada e imprescindible Despacito, que lo convirtió en una estrella mundial.
Había pasado la medianoche y la cerveza había causado efecto en algunos que querían más del boricua que se entregó por completo e hizo derroche de sencillez, talento y calidad musical. Había logrado su objetivo: conquistar al auditorio que de general a top box lo vitoreó y acompañó de principio a fin en cada una de sus interpretaciones.