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La crisis brasilena
Uno de los letreros exhibidos en las multitudinarias marchas escenificadas en diversas ciudades del gigante sudamericano hace explícita la esperanza de que la justicia cumpla su rol: “In Moro we trust” (en Moro confiamos). Alude al apellido del juez federal Sergio Moro, quien lleva la causa del fraude en la petrolera estatal Petrobras y ahora podría ser el encargado de procesar al expresidente Luiz Inácio ‘Lula’ da Silva. Las marchas también han planteado otro pedido: que la presidente actual renuncie. El “fora Dilma, fora” ha sonado con fuerza.
Sin entrar en las siempre indeseables especulaciones que son todas aquellas que sin pruebas suficientes atañen a la honra ajena, queda claro que a los fondos del Estado no se los asalta con escritura pública de por medio pero, una administración de justicia independiente puede establecer veredictos. Obviamente, cuando los indicios tienen las magnitudes observables en la patria de Paulo Freire y de Pelé, y ya están en la cárcel funcionarios de alto nivel como los de la empresa Odebrecht, cabe pensar en aquello de que cuando el río suena, y lo hace tan fuertemente, piedras trae.
La situación podría mover todo el mapa político latinoamericano al sacudir a uno de sus líderes de mayor resonancia y prestigio, y dar inicio a un posible dominó que dé al traste con algunos otros de similares características que siguen pugnando por eternizarse en la región.
Pese al fracaso de los intentos en ese sentido que acaba de sufrir Evo Morales en Bolivia, el denominado socialismo del siglo XXI mantiene fortalezas. Sería un grave error darlo por derrotado con una anticipación que piense más con el deseo que a base de hechos que todavía deben sucederse.
En lo que no caben dudas es respecto al afán de perpetuarse que le es común al tipo de regímenes que, luego de las frustraciones generadas por las diversas variedades del mal llamado neoliberalismo, puesto que se trata del más antiguo y rancio conservadorismo, apareció con el membrete de socialismo del siglo XXI. Y tampoco respecto a la corrupción, que en la mayoría de ellos ha significado la pérdida de toda la ilusión de cambio positivo que generaron en sus inicios, pese a las restricciones a las libertades, la de expresión sobre todo, que se permitieron con relativa complacencia ciudadana.