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Crecimiento tras Primavera Arabe

Cinco años después del inicio de la Primavera Árabe, Egipto, Jordania, Marruecos y Túnez han alcanzado niveles aceptables de estabilidad política. Pero su crecimiento sigue siendo débil y el FMI no espera que su expansión supere el 1,5 % per cápita este año. Cabría preguntarse las razones, dado el gran potencial de desarrollo y la abundante fuerza laboral joven con que cuenta la región. Una explicación obvia sería que son países que siguen expuestos a riesgos políticos que ahuyentan a los inversionistas privados.
Las economías de mercado son relativamente nuevas en Oriente Próximo. Mas, a diferencia de América Latina y Europa del Este, los países árabes liberalizaron sus economías sin liberalizar sus sistemas políticos. Respaldados por las potencias occidentales, sus autócratas mantenían firmemente las riendas del poder. Se repartían privilegios económicos de un modo que bloqueaba el surgimiento de empresarios independientes que pudiesen desafiar el control de los autócratas. No es de sorprender que el sistema haya generado un crecimiento apenas modesto. Puesto que los potenciales competidores con talento se encontraban en una posición tan desventajosa, nadie se sentía motivado a innovar ni invertir adecuadamente. El resultado fue una escasez de empleos en el sector formal, que raramente ocupaba a más del 20 % de la fuerza laboral. Y la respuesta a la creciente insatisfacción fue más represión. Finalmente, la falta de capacidad de los regímenes de controlar las manifestaciones callejeras y al sector privado culminó en protestas populares y revoluciones políticas.
Los gobiernos surgidos de las cenizas de la Primavera Árabe heredaron un sistema disfuncional de acuerdos a puertas cerradas. La inadecuada protección de los derechos de propiedad impide el crecimiento, pero en el actual ambiente no es realista plantearse la aplicación justa y eficaz de las reglas, si se consideran la polarización política y los niveles de corrupción de una burocracia mal pagada. Estos países podrían intentar imitar el éxito económico de Turquía de la primera década de este siglo, cuando la alianza política entre el partido gobernante y una amplia variedad de dinámicas empresas pequeñas y medianas (pymes) contribuyó a la triplicación de las exportaciones. Aquí el desafío sería encontrar inversionistas adecuados que puedan impulsar el crecimiento y crear empleos, más que solamente brindar apoyo político. En los cuatro países el aumento del empleo seguirá estando limitado en el futuro inmediato. No será fácil mejorar la inclusión económica sin amenazar a los líderes políticos, ya que para ello es necesaria la creación de mecanismos de gobierno más incluyentes. En los casos de Marruecos y Túnez, la convergencia de los intereses de los islamistas moderados y los liberales ofrece un rayo de esperanza. Pero, por el momento, en Egipto y los demás países de la región esa posibilidad parece no existir.
Project Syndicate