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Corrupcion, pobreza, migracion

La migración de miles de hondureños a los que se han unido otros centroamericanos emprendiendo una aventura buscando inmigrar a EE. UU., refleja la desesperación y angustia en la que están superviviendo millones de latinoamericanos, que en el caso de estos migrantes, solo atinan a responder que lo hacen porque encuentran que la corrupción, el desempleo, la pobreza, no tienen respuesta en su país.

Sin duda esa corrupción, ese desempleo y esa pobreza están vinculados a mayor robo de fondos públicos, al incremento de pobres y a más desempleo.

Según la Cepal, Honduras, Guatemala y Nicaragua son los países con mayor nivel de pobreza en América Latina. Las razones son múltiples; la principal es el desengaño que tienen de sucesivos gobiernos que no han podido superar o al menos atenuar males endémicos como desnutrición, inseguridad, hacinamiento, ignorancia, baja esperanza de vida, violencia, que tienen como causas evidentes elevados impuestos y deuda pública que consume un alto porcentaje del presupuesto, perjudicando la inversión estatal; falta de servicios básicos, vivienda, carencias en salud, mala calidad de la educación, escasa recreación, deforestación, todo lo cual provoca que muchos no tengan acceso a la alimentación, no por falta de alimentos, sino por el desperdicio y mala distribución de los existentes.

Este viaje a lo incierto de ese conjunto de migrantes hiere a quienes observamos tan trágica realidad. Son personas que han perdido lo último que se puede perder: la esperanza. Se agotaron las motivaciones para seguir viviendo en su país, junto a su familia, a sus amigos. Es el precio que pagan por la insensatez de una clase política experta en palabrería hueca, en falsedades que lindan con el cinismo, hábil para maniobras de corto alcance, distante de una realidad que en muchos casos desconocen, esquivan o no quieren enfrentar; experta en fabricar discursos de ocasión, que apuesta por un “pan y circo” de mal gusto, renunciando a entender que se requieren más acciones y menos palabras, y a admitir que la función pública es servicio a la comunidad y no medio de figuración o enriquecimiento ilícito.