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En el corazon Chavista

Andersson Boscán Pico boscana@granasa.com.ec
Enviado Especial, Caracas
Son las 05:00. Es la misma hora en la que Elizabeth Torres conoció a Hugo Chávez Frías, el 4 de febrero de 1992. Ella, recién casada, escuchó pasos fuera de la ventana de su casa en el 23 de Enero, un barrio popular a 800 metros del presidencial palacio de Miraflores.
Esa mañana nacería políticamente el hombre que siete años después llegaría al poder para no irse hasta su muerte, en 2013. Planeaba un golpe de Estado. Uno fallido. Elizabeth, asustada, abrió la ventana. “No te asustes, estamos con Chávez”, le dijo uno de los militares. Y no temió. Preparó una taza de café y la extendió por el balcón. La taza caliente pasó de mano en mano sin ser probada hasta llegar a manos del comandante, que dio el primer sorbo. “Entonces supe que era noble. Que probaba primero el café porque si tenía algo, le pasaba a él. No a sus hombres”, dice Elizabeth. Y se echa a llorar.
Esta mañana, en cambio, no habrá ningún golpe de Estado, aunque sí una operación clandestina. EXPRESO ha sido citado por contactos del populoso 23 de Enero para recorrer el barrio más emblemático del chavismo.
Este cerro, donde la mirada de Chávez aparece como un grafiti o mural en cada esquina, es uno de los pocos lugares donde ni la policía ni el ejército venezolano tienen permitido el acceso. Dominados por bandas armadas, fieles al Gobierno, y milicias que han creado un paragobierno que se encarga de la salud, educación, formación miliciana y seguridad de la zona, los habitantes del 23 de Enero tienen claras dos cosas: aquí se idolatra a Chávez, pero no manda Nicolás Maduro.
La última vez que este intentó imponer la voluntad de su Gobierno en la zona, hace tres meses, cuando la policía capturó a tres delincuentes del barrio, el colectivo La Piedrita, que maneja el sector con alma de padre y normas de verdugo, pidió públicamente la remoción del director de la Policía bajo la amenaza de salir a la calle armados. En 12 horas, el director, la directiva entera y el mismísimo ministro del Interior dejaron los cargos.
El poder del 23 es real. Pero también simbólico. Además de ser un balcón natural con vista a Miraflores, es esta la última morada de Chávez, enterrado en el militar cuartel de la montaña y venerado en una capilla plagada de retratos, velas y rezos en su nombre que custodia Elizabeth, la guardiana del corazón de Chávez. Como ella, cada mañana, antes del trabajo, cientos se acercan a la capilla para dejarle un café “al comandante supremo y eterno”. Y, en algunos casos, pedirle un milagrito.
Después de todo, dirá Asunción, de visita esa mañana, “él nos volvió visibles”. Se refiere a los pobres. “Nos dio centros de salud, nos dio mercados, nos dio puestos dignos para trabajar”, recuerda la anciana, visiblemente sensible. No importa ya que ninguno de esos servicios se mantenga en pie, con la crisis económica a la que ha sido arrastrada Venezuela. Lo importante fue el intento. Porque el chavismo es la nostalgia de lo que pudo ser.
Maduro, cuyo apoyo popular se calcula desmoronado hasta el 20 %, recibe la venia de la zona enviando comida a bajísimos precios y productos imposibles de hallar en el resto de la ciudad: pañales, azúcar, leche y una lista larga que hacen de esta zona una burbuja ideológica, donde todos se dicen dispuestos a pelear contra la guerra económica.
“La guerra económica es muy dura. Nosotros empezamos a lavar carros para pelearla”, asegura JD, un joven de 23 años que convenció a 20 compañeros de emprender el negocio en el también populoso y chavista sector de El Valle. Allí, vestidos de rojo y con la mirada de Chávez en el pecho, lavan hasta 40 carros al día para ganar un dólar diario cada uno. Muchos de los autos que limpian llevan placas oficiales. Figura irónica: son burócratas del gobierno revolucionario que acuden a que su carro sea lavado con camisetas del comandante.
Pocos kilómetros hacia el centro de la ciudad se levanta la torre Viasa, último rincón de los maduristas. El edificio, expropiado a una compañía aérea en quiebra, fue entregado hace 10 años a los damnificados de un desastre como refugio temporal. Y aún no se van. Aquí, sin luz ni agua ni seguridad, viven 200 familias en 14 pisos plagados de miseria. Un solo piso puede ser compartido por 10 familias, apretujadas. Algunas han buscado un techo incluso en la zona de parqueos, de lavandería y el ascensor.
Maduro, que visitó la zona el 14 de mayo de 2014, una fecha que los habitantes de Viasa citan de memoria y con orgullo, ordenó su desalojo y reubicación “inmediatamente”. Y aunque, tal vez por no aclarar la fecha, las familias siguen allí; todos se confiesan maduristas. La comida subsidiada no llega, la seguridad es un mito y su vida se ha perdido por 10 años en estas paredes. Pero la promesa de una casa gratuita sigue allí. De boca del presidente. Y mientras eso exista, se entenderá por qué los habitantes de Viasa piden a este Diario “un recordatorio al presidente” (no un reclamo) que “a pesar de las dificultades” (no de la crisis) termine por beneficiarlos “sin perjudicar la imagen del presidente, que sí se ha preocupado” (aunque no cumplido). Porque el madurismo es la ilusión de lo que nunca será.
“Él (Chávez) nos dio centros de salud, nos dio mercados, nos dio puestos dignos para trabajar”
Asunción Moradora del barrio 23 de Enero
“Ante las amenazas hay una sola respuesta, pueblo movilizado, pueblo en la calle”.
Nicolás Maduro Presidente de Venezuela
‘Campaneros’ contra la prensa y la oposición
Nuestra estancia es sigilosa en el deprimido barrio 23 de Enero, el más emblemático del chavismo. La hora, al alba, es la adecuada para evitar la mirada de los grupos armados que dominan la zona y en cuya lista de desagrados se incluyen tres oficios: ladrones, narcotraficantes y periodistas. Los colectivos manejan cámaras de seguridad en casi todas las calles principales y cuentan con niños con radios en los callejones. Un anillo de seguridad que no solo sirve para evitar los robos en este sector pobre, paradójicamente el único de Caracas donde un venezolano puede contestar libremente su celular en la calle sin miedo a un robo, sino también para evitar a la prensa y, sobre todo, a la oposición que, en la última elección, tras un trabajo clandestino puerta a puerta que no incluyó propaganda en afiches ni de otro tipo, ganó la parroquia. Y dos diputados para su contundente mayoría.