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Confrontacion y unidad
Tener criterios distintos es inherente a los seres humanos, la homogeneidad en las relaciones interpersonales no existe. La diferencia de opiniones o creencias se vuelve más intensa si se anteponen intereses o ambiciones para conseguir poder o dinero. En política hay quienes sostienen como tesis que la confrontación es una forma de enfrentar o provocar al adversario, es aparecer “valiente”, sirve para atemorizar. Eso aplauden partidarios, aunque esa posición no construya nada, exacerba ánimos, crea desencuentros que hacen inviable que prevalezca lo sensato y racional. Cuando quien confronta lo convierte en hábito, termina convenciéndose de sus mentiras. En ese escenario, no exento de actitudes circenses, pierde la sociedad, que termina por no saber qué es verdadero o falso.
La generalidad de las personas no son conflictivas, por excepción por temperamento lo son, actúan impulsivamente, con alguna agresividad, eso les impide ser tolerantes. Es cierto que los seres humanos no son ángeles, pero el desafío no es la controversia; inversamente, deben procurarse coincidencias, lo cual no significa renunciar a ideales. Quien gobierna tiene la tarea de definir objetivos nacionales que favorezcan el bienestar de todos. La Constitución establece como deber del Estado fortalecer la unidad en la diversidad. Una eficiente administración implica construir una buena organización, liderazgo firme, identificar intereses comunes. Es axiomático, las personas con bajo nivel de seguridad en sus ideas llevan la discrepancia al plano personal, con un nivel medio de convicciones discuten hechos. Las seguras de sus conocimientos discuten propuestas, planes.
La confrontación se justifica entre quienes defienden lo correcto y quienes carecen de valores. Los adherentes a una democracia no coinciden con los seguidores de regímenes autoritarios, los que tienen principios discrepan con los que buscan conveniencias. Martí advertía: “Hay que unir lo que otros quieren desunir”. Debemos estar claros: ni la lisonja, ni la mentira, ni el alboroto contribuyen a la defensa de una causa justa.
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