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Conductores acuden a otras formas de defensa

En la ciudad hay más bien una especie de mercado negro de bates, y una pista para dar con él son los camioneros, taxistas y choferes de buses, que últimamente los mandan a confeccionar a artesanos locales.

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Hallar un bate de béisbol es toda una proeza en Guayaquil, una ciudad donde reinan el fútbol y el indorfútbol. Este torneado trozo de madera que creó leyendas como Babe Ruth, Barry Bonds y Willie Mays es hoy bastante solicitado, pero no por deportistas sino por conductores que ven en él una especie de guardaespaldas en estos tiempos de “mucha inseguridad ciudadana”.

En una de las principales cadenas de tiendas de artículos deportivos, EXPRESO vio únicamente bates para niños, prácticamente un juguete a costos de entre $ 20 y $ 45.

Los profesionales, de 1,07 metros, hechos en madera o aluminio, cuestan más, dependiendo de la marca. “Pero nosotros casi no vendemos eso”, indicó una empleada de la misma tienda.

En la ciudad hay más bien una especie de mercado negro de bates, y una pista para dar con él son los camioneros, taxistas y choferes de buses, que últimamente los mandan a confeccionar a artesanos locales. Además de un arma contra ladrones, lo ven como una defensa contra los conductores agresivos.

“Hay tanto malcriado y abusivo en las vías, por eso llevo siempre mi bate en la cajuela”, dice ‘Mario’, un taxista ejecutivo que no da su verdadero nombre. Él no solo utiliza como garrote estos maderos, también los confecciona y los vende a sus colegas de profesión, a $ 25 cada uno.

“Los hago de madera de teca que me traen desde Balzar”, cuenta. “Aparte de que es madera fina es muy resistente”.

Pero llevar este objeto contundente en los autos no es bien visto por la policía, que los requisa en calles y carreteras durante sus operativos de control, bajo la presunción de que pueden ser usados como arma para fechorías.

A ‘Mario’ le han incautado dos. Hoy lleva uno nuevo, igual que Andrés Paredes, un transportista de carga a quien hace un año le robaron un lote de confites que llevaba a Salinas. “Si la policía no me hubiese quitado el palo días antes del asalto, habría podido disuadir a los dos delincuentes, que solo llevaban un cuchillo”, testimonia. “Pero ya tengo otro”.

Aparte hay otros compañeros silenciosos viajando siempre junto a los conductores: toletes, pistolas de aturdimiento y luces estroboscópicas o giratorias. Su uso es una tendencia en Guayaquil, aunque están prohibidos, a menos que sea en carros de entidades de socorro o para compañías de seguridad.

“Los pillos se esfuman cuando ven estas luces parecidas a las de los carros de la policía”, explica Julio Mera, otro taxista ejecutivo. “Pero solo las enciendo cuando llevo pasajeros a sitios alejados como Monte Sinaí o el Guasmo”.

Al sociólogo Homero Ramírez, docente de Sociología Política de la Universidad de Guayaquil, no le extraña el uso de estos objetos para protección. “Lo ideal sería sentir total tranquilidad al salir a las calles o cuando andamos en nuestros vehículos”, opina, “sin embargo en una ciudad grande, donde escasea el trabajo honesto, es difícil andar sin algún tipo de prevención”.

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