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La complicada tarea de apagar un fuego forestal

Cuando las temperaturas sobrepasan los 30 grados y existe una humedad de menos de 30 %, nadie de la compañía 54 San Florián, ubicada al pie del cerro Colorado (autopista Narcisa de Jesús) esta tranquilo.

Evento reciente. Varios miembros combaten el fuego en Cerro Azul.

Cuando las temperaturas sobrepasan los 30 grados y existe una humedad de menos de 30 %, nadie de la compañía 54 San Florián, ubicada al pie del cerro Colorado (autopista Narcisa de Jesús) esta tranquilo. Menos si esto ocurre entre agosto y diciembre.

Son los meses en los que los 50 miembros de esta unidad del Cuerpo de Bomberos justifican su especialidad: atacar los incendios forestales.

“Aquí en nuestra compañía tenemos una estación meteorológica con la que se monitorea permanentemente el tiempo. Si se presentan condiciones propicias para un incendio forestal, esta emite una alerta. Entonces sabemos que en cualquier momento se da una emergencia”, dice Fernando Ayala Guillén, el jefe de la División Técnica Forestal, que funciona precisamente en el cuartel de esta compañía.

Los integrantes de esta unidad, la mayoría bomberos voluntarios, están prestos a cualquier tipo de emergencia.

Es más, en la temporada húmeda (invierno), cuando casi nunca se suscita un incidente forestal, sus ocupaciones se relacionan con los incendios estructurales. Fuego en edificaciones, según el léxico de los bomberos.

Podría considerarse, muy a pesar de sus colegas, un tiempo de relax. Quienes integran esta brigada saben que no es lo mismo combatir el fuego en una casa que meterse a la montaña a intentar apagar las llamas a dos o tres kilómetros de la carretera más cercana.

Para ser parte de esta unidad es indispensable tener dos años como bombero regular. Luego de esto, deben aprobar una serie de talleres y prácticas que implican aprender desde el buen uso del agua, sobrevivir en situaciones adversas por 24 o 48 horas, saber escalar, aprender a realizar nudos y hasta anclajes para escalada en pendientes.

Las emergencias a las que deben asistir casi siempre ocurren en áreas agrestes.

“Uno se acostumbra, pero a veces se presentan situaciones tristes”, manifiesta Rommel Gregor, uno de sus miembros de esta unidad, quien recuerda que nunca es fácil enfrentarse a la montaña. “El año pasado fui parte del grupo que se trasladó a Quito. Viví de cerca el dolor que provocó la muerte de tres compañeros. Eso me marcó”.

El 2016 ha sido un año atípico.

La época de lluvias terminó el 15 de abril. Los días de intenso sol provocaron que en mayo la cobertura vegetal de sabanas y cerros aledaños a la ciudad aparezca deshidratada.

“La temporada de incendios forestales comenzó temprano este año. Hubo días en los que tuvimos que atender hasta siete incendios en un mismo día”, indica Fernando Ayala, un ingeniero agrónomo.

Desde entonces, cada día suena una alarma. Casi siempre en cuatro zonas ya determinadas: áreas ubicadas en las vías a la costa y a Daule; en los cerros Azul y Colorado.

“Tenemos jornadas duras. Situaciones que los ciudadanos ni se enteran”, comenta Gastón González, otro de los miembros de este grupo.

Es un año en el que les tocó apagar el fuego que consumió 73 hectáreas y duró siete días, a inicios de este mes. Ese ha sido uno de los incidentes más fuertes en lo que va del año. Tuvo las características de un nivel que los bomberos forestales denominan de regla del 30: temperaturas sobre los 30 grados, vientos de más de 30 kilómetros por hora de velocidad, pendientes de más de 30 grados y menos de 30 % de humedad.

Condiciones críticas, pero a eso están dedicados. Y cada uno de los 50 miembros de esta unidad lo acepta.