Rubén Montoya Vega | 10.000 Liam deportados
Ahora los están echando desde EE. UU., en el segundo destierro de sus vidas
Dejan atrás raíces, memorias, afectos. Sueños.
Se desprenden de fragancias y sabores con los que crecieron, manos que los moldearon, brazos que los contuvieron. Dejan atrás su lugar sagrado y no es que lo quieran: es que una realidad terca les grita que para ellos no hay espacio, que no hay sitio para su creatividad al acecho y sus talentos mutilados de antemano.
No los expulsa alguien en particular. No los echa solamente el cúmulo de gobiernos nefastos que hemos tenido. Ni siquiera el actual: tan inepto, tan corrupto, tan indolente. Los echan ellos y también la sociedad en su conjunto. Los echamos todos, piénselo un ratito…
Y a pesar de la profunda injusticia que implica su partida, no se van, en general, resentidos. Se van cargando quintales de esperanza en sus espaldas. Y las mojan, mientras cruzan fronteras insensibles, selvas crueles o ríos inmensos, infestados todos de coyoteros infames, la categoría más baja de la condición humana. Y logran entrar algunos, y pese a la dureza de sus trabajos multiuso y su exilio involuntario, envían remesas para pagar deudas, ayudar con crianzas o auxiliar emergencias. Salvo las lágrimas que se guardan, ellos lo envían todo.
Esos son los migrantes. Los nuestros y los de donde sean. Así de grandes son, así de mejores que nosotros los afortunados que nos quedamos, así de hermosos a pesar de los pesares.
Ahora los están echando desde EE. UU., en el segundo destierro de sus vidas. Los cazan con crueldad medieval, alentada por un loco poderoso. Imbécil. Pudo pasar hasta con un niño, llamado Liam por si quiere recordarlo. Se salvó de milagro él, habrá que ver si sus padres. Pero como los milagros escasean en estos tiempos oscuros, 10.000 ecuatorianos fueron deportados desde enero del año pasado. Y nadie dice nada. Ni a modo de formal protesta.
Así que la próxima vez que usted vea a un migrante de donde sea, y mucho más si es deportado, no lo vea como una cifra, porque no lo es: tiene nombre y es humano. Fue otro Liam nuestro en algún momento de su vida. No se quede sin decir nada, indiferente. O por lo menos sepa, por lo menos, el tipo de héroe o heroína que tiene usted al frente.