Fernando Insua Romero | Distopía en la ANT
Limpiar una institución es una tarea técnica; evitar que vuelva a pudrirse es un desafío moral y político más complejo
Leer 1984 de George Orwell en pleno 2026 y sentir que no estás leyendo una distopía lejana, sino una crónica disfrazada, el diario de un ecuatoriano promedio, es una experiencia que al menos para mí resulta incómoda, porque no habla solo de un Estado que vigila o de un poder que manipula, sino de algo más íntimo: de cómo las personas terminan adaptándose a lo inaceptable. Porque la verdadera amenaza no es solo caer en errores puntuales, sino adaptarse y normalizar lo corrupto como si fuera inevitable.
Entonces el problema deja de ser únicamente el funcionario que cobra por debajo de la mesa. El problema es cuando el ciudadano ya no se indigna, sino que pregunta: “¿cuánto es?”. Cuando el turno, la licencia o el trámite dejan de ser un derecho y se convierten en una subasta informal que alimenta los bolsillos de unos cuantos y cuantas sinvergüenzas. El tránsito termina visto como botín. Como carne. Como territorio liberado donde “así funcionan las cosas”. Y esa es la derrota más profunda: no la del sistema, sino la de la conciencia colectiva que considera este accionar como algo cultural.
En ese contexto, aplaudo la intervención reciente en la Agencia Nacional de Tránsito y las acciones impulsadas por el ministro del Interior, John Reimberg. Más allá de nombres y cargos, el mensaje político fue claro: el Estado aceptó lo que se decía a gritos en las calles; no bastaba con cambiar piezas sueltas, sino que había que cerrar, revisar y desarmar engranajes. Eso es necesario. Eso es urgente. Pero no suficiente. Porque limpiar una institución es una tarea técnica; evitar que vuelva a pudrirse es un desafío moral y político mucho más complejo. La historia latinoamericana está llena de entidades ‘reorganizadas’ que, tras el escándalo, solo cambiaron de manos.
Ojalá que esta ANT depurada, después de 30 días de cierre y revisión, no termine convertida en un nuevo botín de reparto para calmar tensiones internas de cualquier grupo de poder. Porque si el sistema se reinicia con la misma lógica de cuotas, favores y lealtades no habremos derrotado a la corrupción: solo la habremos adobado para los siguientes comensales.