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De Colta, tras un ‘nuevo amanecer’ en Guayaquil

Pedro Chacaguasay se levanta con el albor de la mañana. Debe reportarse en su puesto a las 05:00, cuando ingresan los clientes al mercado. Se calza sus botas, se pone el uniforme con su identificación e inicia el día junto a su carreta transportadora, listo para sus labores.
Proveniente de una comunidad rural de Colta, provincia de Chimborazo, este indígena y 54 coterráneos suyos encontraron en Guayaquil una fuente de trabajo que no los aleja del medio donde usualmente se han venido desempeñando: el mercado. Son los carretilleros de la Caraguay.
Mantienen sus costumbres e identidad intactas. Prefieren comunicarse entre ellos en kichwa, aunque están conscientes de que necesitan el español para entenderse con sus clientes.
Mushuk Pakari (Nuevo Amanecer) es el nombre que todos tienen impreso en sus camisetas. Esta asociación, con tres años de constitución, procura distinguirse por el cumplimiento de las ordenanzas que rigen al mercado.
“El servicio de carretilleros, guardando las diferencias, cumple la misma función que en los autoservicios, con la diferencia de que no tenemos aire acondicionado. En el ambiente se huele a pescado y usamos zapatos de caucho por el suelo mojado”, explica Chacaguasay a EXPRESO.
La vida de ellos se desarrolla alrededor del mercado Caraguay, transportando la carga de los compradores hasta los exteriores del centro de expendio para abordar un transporte de alquiler o los vehículos particulares de los clientes. También transportan mercadería que llega al muelle, pescado, camarón o cangrejos.
“Nos comunicamos con los chicos mediante chiflidos. No tienen un lugar fijo para circular. Van por donde el chiflido aparezca. No tienen una tarifa fija, el cliente les da lo que su voluntad le indique”, acota Chacaguasay.
Carlos Moyanza, vicepresidente de la asociación, fue el precursor de la idea de unirse legalmente, para juntos poder defenderse como agrupación.
Moyanza, oriundo de la parroquia Columbe, perteneciente al cantón Colta, tiene 12 años viviendo en Guayaquil. Dejó su tierra como todos en búsqueda de mejores oportunidades de trabajo y de vida. La agricultura no les permitía mantenerse, pues había muchas carencias. Por esto decidió alejarse de sus padres para venir a aventurarse, en busca de mejores días.
“Lo que hacíamos antes era criar borregos o cuidar el ganado en el campo. El estudio para los niños no era fácil, había que caminar dos o tres horas para llegar al carretero hacia la ciudad. Ahora ya hay escuelas en las comunidades, ha comenzado a respetarse la interculturalidad. Sin embargo, es en la ciudad donde queremos que nuestros hijos estudien, ejerzan su profesión y sean respetados”, manifiesta Moyanza.
De los cincuenta y cinco socios, la mayoría provienen de las provincias andinas de Chimborazo y Tungurahua. Y, pese a la distancia, procuran mantener sus costumbres. Durante los días de carnaval no pueden dejar de viajar a su tierra. Eso para ellos es sagrado. Allí celebran el Pawkar Raymi, elaboran comparsas como ‘El Diablo Uma’ y otras también conocidas. Son tradiciones y parte de su cultura que se mantienen en sus comunidades. (F)