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Diario Expreso Ecuador

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Los colchones en la calle

Mientras el Ministerio de Electricidad ha desplegado a 500 técnicos en las zonas afectadas para restablecer el servicio eléctrico (en muchos sitios ya lo hizo), maquinaria de los municipios de Guayas trabaja ‘a full’ las calles.

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Un disparo de revólver se escuchó en la madrugada en el parque Saavedra. No era de la policía. Tampoco de los damnificados. Era de los malandrines motorizados que dispararon “al aire” cuando se sintieron acorralados por la turba que segundos antes dormía en carpas, hamacas, taxis o a la intemperie.

Portoviejo no duerme en las casas. Portoviejo duerme en la calle, en los parques, en los albergues, en las escuelas que aún quedan en pie.

Mientras los Mendoza, los Zambrano, los Giler, los Guale se sienten seguros en las pampas, otro grupo de jóvenes haciendo de los celulares linternas excavan con las manos por la rendija y con la oreja pegada a los fierros retorcidos que han quedado entre los escombros de la imprenta Cevallos, donde cuatro conocidos de las calas 14 de Abril y Santa Ana quedaron enterrados durante el terremoto del sábado y donde todavía se huele la muerte.

El pastor Jandry Guerrero, ese mismo rato, ora en los arrabales por la gente que está viva pero que no tiene qué comer, porque no hay dónde trabajar. En Portoviejo aún mucho de lo que queda en pie debe ser derribado. Debe ser echado abajo lo que cuelga de vigas maltrechas o está sostenido por endebles pilares que pueden caerse con el zumbido de un mosquito.

Hoy en la capital manabita sus 280.000 habitantes, abogados, ingenieros, artesanos, licenciados, doctores, industriales, comerciantes, o han perdido su patrimonio o, temporalmente, no pueden trabajar. Todo en el casco comercial está cerrado: los almacenes, el ‘shoping’, las oficinas, la judicatura, los edificios de dos y tres pisos, los bancos.

Un grupo de esos profesionales, blancos, ojos verdes, trigueños, zambos, cholos, están en los patios esperando repelente, arroz, atún, sardina, pañales para niños, velas, aceite, lámparas. “Están esperando lo que les lleven”. Lo cuenta a Diario EXPRESO Jairo Farfán desde un garaje en Sucre y Espejo, donde roncan los niños junto a sus gatos y sus perros, mientras las mujeres se turnan para usar la cocina a gas donde preparan los desayunos.

Manabí (con un PIB, Producto Interno Bruto, cercano a los 3.000 millones de dólares) no produce ahora y demandará más del resto de ecuatorianos. El Estado, por mucho tiempo, se olvidará de los 49,8 millones anuales en impuestos que recaudó en la capital y también en los demás cantones, como Manta, cuya fuerza productiva le inyectó el año pasado $ 76,3 millones al fisco.

Manabí tardará en reponerse. El terremoto económico durará años, señala el pastor Guerrero, porque todos los activos comerciales e industriales están en escombros.

“No sabemos de dónde saldrá el dinero para levantar la ciudad. No sabemos cuándo la mayoría de la gente volverá a trabajar”, se lamentó.

Ayer el agua no llegaba a varios sitios que quedan en la vía que va de La Pila a Portoviejo. Los grupos de angustiosas familias (mujeres con bebés en brazos, hombres ociosos, niños y ancianos) esperaban al menos un tanquero, mientras cerca de sesenta camiones y furgones encolumnados del Municipio de Guayaquil, con provisiones y bien resguardados por la policía y los municipales, pasaban directo al centro.

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