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Diario Expreso Ecuador

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Cuando el colchon es el unico patrimonio

Hemos escuchado tantas ofertas y discursos. No queremos palabras, queremos obras.Tatiana López, damnificada

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Son 200 familias. Antes del terremoto vivían en la dinámica parroquia Tarqui, en el centro de Manta. Ahora están albergadas en un solar vacío, ubicado entre las calles 110 y 102. El improvisado campamento es uno de los más grandes de la ciudad.

Cada familia tiene una carpa armada con plásticos y palos de caña gradua. Su única propiedad son los colchones y cartones que les sirven para ‘dividir’ los ambientes. Para todos hay seis baños portátiles. Un número que a ratos es insuficiente.

Ellos, sin embargo, no se resignan. La noche del martes, Oswaldo López Cuenca –conocido como Tato – encabezaba una reunión con Alfredo Quijije y otros vecinos. Debían decidir cómo mejorar, lo que ahora ellos llaman su barrio.

Tato es ingeniero. Fue el primero en llegar al campamento tras el temblor. Allí, dijo a EXPRESO, las noches se hacen más largas. Aunque reconoce que ahora ya duerme mejor. “Nos estamos acostumbrando”, comentó.

Los nuevos vecinos “matan el tiempo” jugando barajas, contó Quijije. Eso, claro, cuando el generador de luz, un obsequio de un grupo de ciudadanos, funciona normalmente.

Los más pequeños también tienen actividades de distracción. El terreno tiene un espacio central reservado para los juegos infantiles que están a cargo del Ministerio de Inclusión Económica y Social. En esa zona también ondea una bandera del Ecuador. Una forma de mantener viva la esperanza, dicen los habitantes.

La jornada avanza y las mujeres llaman a gritos a su hijos a las carpas. Dormirán en los colchones que están en el suelo, sobre unos cartones.

Gabriela Mera busca a sus hijos para comer. Tenía leche y pan, un menú no muy frecuente. Ella está preocupada porque, asegura, le robaron un colchón. Quiere mover su carpa unos metros más adelante.

En el albergue hay menos vigilancia, comenta la manabita. “Los militares solo se quedan viendo que la gente no pase a la denominada zona cero, pero no dan seguridad”, afirma.

Sus vecinos la escuchan en silencio. Sentado en un sillón grande, color amarillo, Juan Moroy espera.

Él está solo. Sus dos hijos y su esposa no quisieron quedarse allí. Su carpa no tiene luz. Juan prefiere sentarse a observar la actividad del campamento. Encontró el sillón tirado en la calle. Con nostalgia cuenta que era comerciante de ropa interior en Tarqui, con el temblor lo perdió todo.

“A las 23:00 me voy a dormir para levantarme máximo a las 06:00. Debo caminar hasta el comedor comunal para desayunar”, contó a este Diario.

Poco a poco, con la oscuridad, el barrio se queda en silencio. Los niños no corren por entre las carpas y las pocas que tienen luz se apagan. Solo se escuchan murmullos y, a veces, el llanto de niños pequeños. Es cerca de la medianoche.

Cuatro horas y media después, la luz de una linterna se enciende en una de las carpas. Luis Aníbal Espinosa, de 68 años, se prepara para salir a sus faenas de pesca.

Fátima López también madruga. Su rutina ha cambiado. Con el agua que toma de un tanque azul frente a su carpa, se lava la cara y agarra su cabello en una cola. Luego barre. “La limpieza es lo primero”.

Ella es, desde hace dos años, padre y madre para sus hijos. Se gana la vida limpiando casas, mientras su hija de 19 años cuida a sus tres hermanos y su abuelita. Ahora el trabajo es cada vez más escaso.

Marina Calagua, de 59 años, se levanta para lavar la ropa de su familia. Ella está albergada junto con sus hijos y sus padres Francisco, de 92 años, y Margarita, de 90.

Para todos, el desayuno es otro reto. Pescado, chifles, atún son parte de la dieta. “Los niños necesitan alimentarse bien”, argumenta Carolina Quijije. Por eso prepara tortillas de maíz con queso y café en leche. Es su nueva rutina.

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