
El clima destruye viviendas en Esmeraldas
Cobijas, sábanas y prendas de vestir se convirtieron en paredes de casas improvisadas en la carretera. La vía que conecta a Esmeraldas con Tachina, en la provincia verde, se llenó de pobladores que perdieron sus hogares por las fuertes lluvias de los últimos días.
La noche del martes, los habitantes del poblado Luis Vargas Torres no quitaban la mirada a sus hogares. No ocultaban su tristeza luego de que el río Esmeraldas se desbordó sobre las infraestructuras de caña y bloque que complementaban el paisaje de vegetación.
Su vigilancia respondía, según los ciudadanos, al temor de que un delincuente aproveche la situación para robarse los pocos artículos que no se fueron con el río. “Desde aquí miramos lo poco que quedó después de la inundación”, dijo la ahora damnificada Magaly Ortiz, quien descuidó la mirada unos minutos para conversar sobre el evento natural.
Ella reposaba sobre uno de los colchones, que colocó con sus parientes, debajo de un techo de plástico. El dormitorio improvisado tenía el plástico amarrado con sogas al poste de luz que estaba en la mitad de la carretera.
Ortiz se sentó en una silla de plástico para detallar el accionar de los ladrones. “Ellos venían en canoas para sondear y saber qué podían robarse, por eso no podemos movernos de aquí”, comentó la ama de casa.
La crecida del río afectó a cada vecino de manera particular. Ortiz, por ejemplo, estaba con sus hijos cuando el Esmeraldas se desbordó. Comedor, cocina, habitaciones y baño se inundaron desde la mañana del 25 de enero. Fueron, cuentan los afectados, más de diez horas de aguacero.
Como era de esperarse, por la situación climática se cortó la energía eléctrica en el tramo de la vía de casas improvisadas. Las luces de los vehículos que transitaban por el sector fueron la única iluminación disponible. Los pasajeros de los automotores miraban con asombro la escena. Disminuían la velocidad, señalaban y hasta tomaban fotos de los ciudadanos sin techo.
Miembros de la Policía Nacional patrullaron durante toda la noche para dar mayor seguridad a los moradores.
Aunque ellos tenían su propio mecanismo de protección. Si un intruso se acercaba a los hogares destruidos, los vigilantes silbaban y espantaban a los presuntos delincuentes.
“Los pobladores que pasan nos regalan pan, atún, arroz o azúcar”, dijo Robinson Escobar. Un corpulento hombre de menos de 30 años que recogía sus pertenencias y cuidaba su domicilio permanentemente.
Él y su numerosa familia improvisaron una habitación en la vía esmeraldeña. Dos carpas eran el techo, pero no había paredes. Los colchones se regaban sobre el cemento para hacer una ‘cama general’, como la llamaban. Sobre ella descansaron, aunque el ruido de los vehículos impedía dormir.
En ese lugar, un par de refrigeradoras estaban cubiertas con delgadas cobijas. Los equipos de sonido y sus parlantes, así como el televisor, tenían plásticos encima para evitar daños por el agua.