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Las ciudadelas cerradas tienen menos vecindad
Un estudio determina que viajes de la casa al trabajo inciden en la convivencia. Los residentes subocupan espacios comunales.

En las ciudadelas cerradas, la vecindad ha empezado a desaparecer. A esto se suman otros inconvenientes: se han convertido en urbanizaciones dormitorios. Eso lo determina un estudio ejecutado por expertos de arquitectura de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil.
Filiberto Viteri, uno de los investigadores del proyecto denominado ‘La apropiación del espacio público por los habitantes de las ciudadelas cerradas de la vía Samborondón habitadas entre 1995 - 2013’, dice que en estos sitios los residentes recorren grandes distancias para estar en sus lugares de trabajo, lo que les consume tiempo que podrían compartir en sus hogares y más aún en las áreas comunes por las que pagan altos valores de mantenimiento.
Estas zonas comunes son subutilizadas, haciéndolas poco sustentables e irrelevantes para el desarrollo de la comunidad, dice el estudio.
Hay una “desconexión entre la forma de pensar de las personas que habitan allí en relación a ese espacio y cómo debe usarse”, señala Viteri.
“Esas implicaciones de cómo se genera ciudad y cómo se genera vecindad se empieza a perder porque hay una configuración espacial (...); a futuro, esto logra que la gente conciba reuniones sociales mediante redes sociales, sin necesidad del contacto físico. Sin el contacto físico para qué se invierte en infraestructura de áreas comunes”, pregunta el experto, quien considera que el dinero invertido en áreas comunes de ciudadelas cerradas cubriría el financiamiento de proyectos que tengan escala de ciudad, con espacios que aproveche la ciudadanía.
La creación de urbanizaciones cerradas promueve el crecimiento horizontal de las ciudades, se sostiene en este estudio. Una situación que a largo plazo, es inviable. Un desarrollo urbano de esa manera no es sustentable: consume áreas productivas.
Por esto se considera que debe existir un trabajo coordinado para que las ciudades empiecen a crecer de manera vertical. Un criterio que también comparte el planificador urbano Carlos Jiménez, que sustenta esa observación con la necesidad de los municipios de extender sus redes de servicios.
Sin embargo, contrario a los criterios definidos en el estudio, vecinos de urbanizaciones asentadas en La Puntilla consideran indispensables sus instalaciones comunes.
En Los Lagos, por ejemplo, hay 200 metros cuadrados destinados a las áreas comunales, donde funcionan la cancha de tenis, parque infantil, pérgola y cancha de fútbol, espacios que son aprovechados mayormente los fines de semana, indica su administrador Hugo Valencia.
En Entre Ríos el uso de estos espacios se concentra en las mañanas, con las personas que se ejercitan, o en las tardes cuando los chicos llegan de sus estudios, indica el presidente del comité de propietarios, Rodolfo Aguayo Pozo.
Mientras que en las etapas de la urbanización Ciudad Celeste las actividades son similares. Y la oferta de espacios recreativos se mantiene con los nuevos proyectos.
En La Arboleda, la más reciente urbanización, existe un total de 15.528,91 m² en áreas verdes que incluyen dos parques, una cancha de fútbol, dos de tenis, “lo cual promueve el deporte y la integración de vecinos”, indica Sergio Duarte, gerente general de Ciudad Celeste.