Ciudad abierta, ciudadelas cerradas

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Ciudad abierta, ciudadelas cerradas

Las urbes de hoy, que experimentan procesos de metropolización, o que están en sus inicios, en un tiempo como el actual de globalización y tejido en redes, son espacios sociales de extroversión. Así es porque las ciudades nacieron como experiencia pasada y moderna de asentamientos de colectivos humanos para entrar y salir de ellas. Algunas antiguas fueron amuralladas. Hoy respondiendo a la dinámica de otros momentos, renovados, inevitablemente son abiertas.

La apertura es su lógica interna y dinámica que las hace ser sociedades en espacios determinados, rediseñados cotidianamente. Guayaquil ha sido así desde sus inicios. Más por su condición portuaria, pues una ciudad-puerto responde a una lógica comercial de un flujo constante de mercancías y personas que salen y entran.

Muchos adjetivos le han puesto a Guayaquil. Ayer, peyorativamente le decían “puerto-puerta” para ir al interande y la capital. También hay otros que dan cuenta del reconocimiento que ella ha merecido: capital económica del Ecuador, Perla del Pacífico, ciudad cosmopolita y del comercio dinámico, etc.

Siempre se le ha reconocido su condición de “urbe abierta al mundo”. Esto lo ha conservado, lo ha sabido mantener y proyectar a lo largo de su historia.

Sin embargo, hacia dentro no ha podido sostener esa apertura que exhibe al exterior. No lo ha hecho porque la inseguridad, la delincuencia, el microtráfico y otras lacras sociales la han atacado últimamente, hasta obligar a que los ciudadanos que la habitan vivan y estén amurallados, con guardias y vigilancia privada. Todo esto es la expresión de una situación paradójica: ciudad abierta, ciudadelas cerradas.

Los guayaquileños de ayer nunca pensaron que les tocaría vivir tiempos en los que para que su hogar permanezca tranquilo, su seguridad no se vea amenazada y su vida no corra peligro, hayan debido tomar la decisión de encerrarse entre los barrotes de sus ciudadelas. Ya son decenas de ellas -cerradas- las que hoy forman parte de esta lógica singular de una urbe que está en contacto con el mundo, en una muestra de extroversión permanente; pero que en su interior sigue desarrollándose y creciendo en esos espacios donde para su acceso, entrada y salida, hay puertas, rejas y vigilancia. Esto nos dice que la inseguridad le está ganando la batalla a la ciudad abierta.