Beatriz Bencomo | ‘Sine qua non’
¿Cuántas empresas tienen el nombre tatuado en la piel del país y siguen esperando que la banca ocupe ese lugar?
La he escuchado en mi oficina, en directorios, en conversaciones de amigos. Siempre en boca de alguien de una empresa grande. De esas que están en el territorio de verdad, con miles de empleados, con comunidades que dependen de ellas, con décadas de presencia en lugares que el mapa apenas nombra. Alguien a quien, cuando le hablan de cultura, de patrimonio, de una alianza que tiene su nombre escrito, responde siempre lo mismo. “Claro que patrocinamos la cultura y el arte. Pero nuestros esfuerzos tienen ejes, tienen ‘stakeholders’, prioridades que son urgencias. Lo cultural lo maneja más la banca, ese no es nuestro registro”. No hay desdén en esa frase. Hay precisión. La de quien ha construido una estrategia y sabe exactamente dónde encaja cada pieza. En ese esquema tan bien concebido, la cultura ocupa un lugar instrumental, no constitutivo. Y lo que no es constitutivo no aparece en el plano. No obstante, abundan ejemplos que demuestran lo contrario. Nestlé, Diageo, Coca-Cola: decenas de empresas lo entendieron. Hoy me detengo en una que ha sentado precedente continental.
Femsa no construyó un museo sobre su cerveza. Creó una bienal sobre México. La empresa aporta la estructura y la visibilidad global; el país aporta la historia. Y esa historia, la de México, no la de Femsa, es la que permanece. Eso no es mecenazgo. Es reconocimiento: hacerse cargo de algo más grande porque corresponde.
Y sin embargo, en ese terreno laxo, el arte, la cultura y el innovador que apuesta por la educación llevan casi siempre la peor parte. Con honrosas excepciones, desde luego. Y es porque la agenda cultural sigue viviendo como conflicto: entre lo simbólico y lo pragmático, entre lo accesorio y lo urgente. Como si fueran capas separadas, cuando en realidad son capas que viven la una para la otra.
Hace unos días escuché algo que no olvido: “No buscamos devolver marcas, sino impactar a largo plazo. Porque el impacto no es magia. Es arquitectura”. No es decoración. No es excedente.
¿Cuántas empresas tienen el nombre tatuado en la piel del país y siguen esperando que la banca ocupe ese lugar? La conversación sigue en mis redes.